Las siete esquinas

Odio

06.03.2016 | 05:00

De dónde surge el odio, ese odio descarnado, frío, puramente intelectual de gente como Pablo Iglesias? Comprendo el odio de la gente que lo ha pasado muy mal o que ha conocido la pobreza o que ha sufrido toda clase de humillaciones, porque el odio es entonces un sentimiento que se puede considerar natural o inevitable. Si has vivido determinadas cosas, sentir odio contra quien te ha maltratado o humillado o robado es una reacción comprensible en la que todos podemos caer y en la que quizá todos hayamos caído alguna vez. Y eso a pesar de que cientos de personas que han vivido estas mismas circunstancias no sientan odio –ese odio gélido e inextinguible que funciona como un terrible combustible ideológico–, sino rabia o un rechazo visceral a la injusticia, que son emociones muy distintas y mucho más saludables. El odio, en cambio, es dañino porque es puramente destructivo y sobre todo destruye a quien lo siente. No se puede vivir con un cóctel molotov en el cerebro, ni siquiera en el caso de que ese cóctel molotov esté alimentado por el dolor real del sufrimiento y la humillación. Y mucho menos cuando el cóctel molotov es el resultado de una mera construcción intelectual, un simple destilado ideológico como en el caso de Pablo Iglesias, pura arrogancia, pura megalomanía.

Tengo un amigo que sufrió cuando era niño una de las humillaciones más terribles que se pueden soportar: era becario en un colegio de jesuitas reservado para niños de la élite de su ciudad. En clase, avergonzado, tuvo que acostumbrarse a mentir y a contarles a sus compañeros que sus padres eran ricos y vivían en un buen barrio de su ciudad. A los pocos meses de estar en el colegio, ese hombre ya se había convertido en un mentiroso compulsivo, ya que sufría lo indecible cuando sus compañeros de clase le pedían que los invitase a su casa a merendar o a jugar o a leer tebeos. Incluso una vez, cuando no pudo evitar que un compañero del cole se colase en su casa, este hombre tuvo que rogarle a su madre a escondidas que le mintiera a su compañero de colegio y le dijera que ellos no vivían en realidad allí –en aquel piso modesto de un barrio modesto–, sino en el otro lado de la ciudad, sólo que aquel día habían tenido que pasar por allí a hacer una visita de cortesía a un familiar lejano que necesitaba ayuda. Y aun así, a pesar de esta dolorosa experiencia de la infancia, este amigo no es una persona que sienta odio. Sabe muy bien a quién vota, por supuesto, pero nunca le he oído una frase rencorosa o cargada de odio contra nadie. Y que conste que se entendería muy bien que sintiera odio –y rabia y furia y muchas cosas más– por haber tenido que vivir lo que él vivió.

Lo admirable de esta persona –y de miles como ella– es que no sientan odio cuando todo les predispone a sentirlo. Y por el contrario, lo inexplicable es que haya personas como Pablo Iglesias, que no tienen ningún motivo para sentirlo pero están alimentadas por un odio que parece no tener fin. Pablo Iglesias no nació en la miseria, sino en una familia de clase media-alta con unos ingresos, entre padre y madre, equivalentes a lo que ahora serían unos 5.000 euros mensuales, es decir, un salario envidiable. Nunca tuvo que trabajar en empleos mal pagados ni degradantes porque ganó un buen cargo universitario cuando era muy joven. Gracias a un programa de televisión en la Tuerka, a los 35 años ya ganaba 70.000 euros al año, una cantidad que a muchos de nosotros –los burgueses que él desprecia y considera fascistas o lacayos del capital sólo porque no pensamos como él– nos suena a inconcebible música de las esferas de lo poco que la hemos visto. Pero aun así, todo en él es odio en estado puro que a veces se camufla con un disfraz retórico lleno de admoniciones –porque en el fondo siempre son órdenes malhumoradas– a favor del amor y de la solidaridad; y que otras veces, como el otro día en el Parlamento, apareció tal cual es, convertido en un sentimiento incendiario que parece no tener límites. Y que da mucho miedo. Miedo, repito.

Cyril Connolly, en 1951, en un breve ensayo que escribió tras la huida a la Unión Soviética de los espías Guy Burgess y Donald Maclean, escribió que todos los miembros de la élite social que se dejaban seducir por el marxismo lo hacían "porque el marxismo ofrecía el consuelo de una religión". Y esa religión era severa, dogmática, autoritaria e indiscutible. Ahora ya sabemos cómo se llama esa nueva religión entre nosotros.

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