Impresiones

Petróleo y política

07.03.2016 | 05:00

Cuatro países, Arabia Saudí, Rusia, Venezuela y Omán acaban de decidir la congelación de su producción petrolífera en un intento por calmar los mercados que han visto una caída vertiginosa del precio del crudo a lo largo de último año desde precios de más de cien euros por barril a los actuales que oscilan alrededor de los treinta. La decisión se ha tomado a iniciativa de Venezuela y de Rusia, aunque son muchos los países productores muy duramente afectados por una bajada de precios que llega como maná del cielo para otros, como España, fuertemente dependientes de las importaciones energéticas.
En realidad lo ahora acordado es un brindis al sol sin consecuencias prácticas porque lo que el mercado necesita para rebotar es un drástico recorte en una producción que excede a la demanda en un par de millones de barriles diarios y la actual congelación se produce cuando Arabia Saudí, el mayor productor mundial, está muy cerca de sus niveles máximos (igual que Rusia), cuando la demanda permanece átona por la crisis mundial y por la desaceleración china y cuando otros países tan importantes como Irak o Irán no participan en la congelación acordada sino que están deseando poner aún mas crudo en el mercado. Bagdad porque necesita dinero para combatir al Estado Islámico y porque, aunque quisiera, no controla la importante parte de su producción que exportan autónomamente los kurdos desde Erbil, e Irán porque tras años de sanciones que impedían sus exportaciones, tiene 160 millones de barriles acumulados a los que tiene que dar salida para obtener el dinero que necesita para poner al día unas infraestructuras obsoletas si quiere volver a los volúmenes de exportación de la época del Sha.

La razón de fondo de esta situación es que hay países que pueden sobrevivir con el petróleo a treinta dólares mientras otros no pueden. Los grandes productores del Golfo Pérsico tienen unos costes de producción inferiores a los diez dólares por barril y Arabia Saudí aprovecha esta situación para quitarse de encima a competidores que solo son rentables a precios mucho más altos, como es el petróleo de aguas profundas de Brasil, el que se extrae de arenas bituminosas en Canadá, o el procedente de esquistos por técnicas de fracking en los Estados Unidos. La tesis de Riad es que echando a estos competidores fuera del mercado, la producción bajará y los precios buscarán un nuevo equilibrio sin necesidad de ulteriores intervenciones. Además, la producción también bajará por la fuerte caída de inversiones en un sector que las exige muy cuantiosas y que trabaja a largo plazo. De hecho, muchos bancos provisionan ya pérdidas por proyectos de prospección y explotación suspendidos o que se van a suspender.

Pero hay otra razón menos confesada para el actual nivel de precios y es su utilización como arma política por parte de Arabia Saudí en contra de países rivales como Rusia e Irán. Con Moscú, Riad mantiene un duro enfrentamiento en Siria y también compite por los mercados energéticos europeo y asiático. Y Rusia está sufriendo mucho porque el precio del gas sigue al del petróleo y el 50% de los ingresos rusos proceden de la exportación de energía. Además, ha calculado sus equilibrios macroeconómicos con un precio de 50 dólares por barril de petróleo y el actual de 32 dólares le obliga a eliminar programas sociales, a subir impuestos y a recortar en un 10% su presupuesto, aunque por ahora no ha tocado los gastos de Defensa. La disputa de Riad con Teherán es más visceral y caliente pues persiguen diferentes objetivos en Siria y se enfrentan indirectamente en Yemen. Arabia Saudí deja caer que quizás podría recortar su producción para subir el precio del crudo si también lo hace Irán y este no puede ni quiere hacerlo aunque con los precios actuales gana menos con sus exportaciones que antes de que le impusieran sanciones. El tiempo juega en contra del presidente Rohani, que enfrenta críticas del sector duro de su país por el acuerdo nuclear, y necesita mostrar a la población que ese acuerdo mejora su nivel de vida desde ya, lo que le obliga a vender más petróleo... al precio que sea.

Otros países productores, desde Argelia a Nigeria, desde Brasil a Angola, y desde Venezuela a Ecuador o México, también se están viendo obligados a recortar presupuestos y a acabar con subvenciones y con programas sociales, algo que puede acabar afectando a la estabilidad política en algunos lugares. El ejemplo más claro es Venezuela, donde la errática política económica de la Revolución Bolivariana unida al bajo precio del petróleo se estima que hará caer el PIB un 20% en el binomio 2015/2016 mientras la inflación puede dispararse este año hasta un estratosférico 700%. Caracas obtiene del petróleo el 94% de sus ingresos y está al borde de la suspensión de pagos porque tampoco puede recurrir ya al endeudamiento internacional. A estas alturas nadie le fía.

Por eso, porque el precio bajo del petróleo no es una casualidad sino que responde a estrategias políticas y económicas de grandes productores que tienen costes muy bajos y reservas descomunales de dinero para capear el temporal, no parece que las cosas vayan a cambiar a corto plazo. A algunos esto les beneficia pero otros ya lo están pagando muy caro.

*Jorge Dezcállar es diplomático

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