Las cuentas de la vida

La función del caos

El caos parlamentario clarifica, frente a la mistificación de la propaganda, las posturas de cada partido. La apelación a la «cal viva» forma parte de la crónica negra de estos días

10.03.2016 | 05:00

Leo con devoción al geógrafo chino Yi-Fu Tuan. Hace años que lo hago, como quien explora un territorio desconocido, punteado por un humor introvertido y secreto, siempre amable. Su cultura vasta y ejemplar le convierte en un maestro del escepticismo esperanzado y de la paradoja inteligente, inclasificable como todo pensador verdadero. Leo a Yi-Fu Tuan mientras contemplo con cierto pesimismo el debate partidista de estos días. Las sociedades estables no existen, sino que siempre están sometidas a tensiones no resueltas: las tensiones de clase, por ejemplo, que vuelven a despertar tras el medio siglo memorable de la postguerra; las tensiones entre utopía y realismo o entre los populismos de cualquier laya y el posibilismo imperfecto. Tocqueville nos enseña que sólo perduran los gobiernos con voluntad transversal, con visión de conjunto, que no se dejan guiar por los intereses exclusivos de sus partidarios ni de la clase a la que representan. Tocqueville ya se dio cuenta de ello al inicio de la era democrática, justo cuando las revoluciones terminaban con el antiguo régimen, y su percepción sigue siendo válida.

Tuan aporta un matiz interesante a las ideas del historiador francés: la perenne necesidad del caos, que facilita el dinamismo de las sociedades. «Para los griegos –observa–, la palabra caos significa más la apertura de un abismo que el desorden: el abismo entre el cielo y la tierra. [?]. Una sociedad perfectamente ordenada –una en la que todo encajara y funcionara a la perfección– sería una sociedad muerta». Y es probable que tenga razón, sin descartar que se trate de una ficción como otra cualquiera. Pero lo interesante, de todos modos, es subrayar el papel clarificador del caos enfrentado a la mistificación de la propaganda.

Así, por ejemplo, el caos parlamentario de la semana pasada ha servido para dejar claras muchas cosas. En primer lugar, que los partidos de la estabilidad necesitan moverse y dejar atrás los discursos cerrados si no quieren verse superados por las circunstancias. En segundo lugar, que el acuerdo estratégico de C´s con el PSOE parece pensado para resaltar su posición centrista y acallar las acusaciones de que son «la marca blanca» de los populares. A pesar de que las debilidades parlamentarias de Rivera se ponen de manifiesto debate a debate, en estos dos meses C´s ha logrado recomponerse tras unos resultados no especialmente favorables en diciembre. Por supuesto, el sueño dorado del partido de Rivera pasaría por la disolución de los populares, lo que le abriría un mercado electoral casi infinito. En este aspecto, se acerca a Podemos y a su deseo de lograr la hegemonía en la izquierda.

La diferencia es que Ciudadanos cree en el reformismo y la estabilidad, y Podemos se posiciona claramente en la dinámica de destrucción del 78. Lo atestigua no sólo su discurso, sino las malas formas de Iglesias, su histrionismo chillón y el desprecio con que se dirige al Parlamento. La apelación a la «cal viva» forma parte de la crónica negra de estos días y creo que dibuja bastante bien cuál es el tono de un político que no duda en aventar el horror para lograr sus objetivos.

En realidad, el caos ha servido para poner de manifiesto el rostro del resentimiento, que es lo contrario a la justicia. Sobre esto, también reflexiona Yi-Fu Tuan cuando alerta de los peligros en caer en una democracia del rencor y de la envidia. «Las políticas del poder pueden ser feas y desagradables. ¿Pero son acaso mejores las políticas que surgen del resentimiento?», se pregunta el geógrafo chino. La respuesta sabemos cuál es, nos la enseña la Historia. Y también el clima que se vive a diario en la política española. El cultivo de la desconfianza, la duda y la sospecha no puede conducirnos a ningún lugar mejor. Como tampoco puede hacerlo la lentitud de los dos partidos mayoritarios en asumir el nuevo escenario. El caos introduce claridad en las opciones y urge a la acción, aunque no resuelve ninguno de nuestros problemas; más bien los agrava si no se actúa. Una parálisis peligrosa que, a medio plazo, sólo puede beneficiar a los que quieren liquidar el orden constitucional.

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