Quinta columna

Grietas en el proyecto fin de carrera

13.03.2016 | 02:01

La pretensión de Pablo Iglesias de dar una cohesión postiza a Podemos con su hiperliderazgo naufraga ante la amalgama de sensibilidades y planteamientos dispares que afloran en lo que, hasta el momento, eran sólo crisis territoriales. Ahora esa divergencia interna se hace más visible porque está en el mismo corazón de la dirección del partido, con Iglesias y Errejón intentando proteger a sus afines mientras taponan vías de agua. Podemos ilustra lo que va del proyecto fin de carrera a la construcción de un edificio. En origen, su estructura abierta y participativa parecía innovadora, no tanto por sí misma como por el contraste con el fraguado de los partidos de siempre. La búsqueda de mayor solidez organizativa incrustó en el seno de la formación emergente una contradicción irresoluble entre el asamblearismo voluntarioso y el ejercicio efectivo del poder por sus dirigentes. Para ahormar un movimiento amplio, de éxito sorprendente y vertiginoso, la vanguardia clásica que encarnan los Monedero, Iglesias, Errejón, Bescansa y el resto del «núcleo irradiador», diseñaron un sistema de atribución del poder interno –refrendado en asamblea, por supuesto– que concede un dominio total a los vencedores en las primarias. El que gana, que suele ser el más próximo a la dirección central, se lo queda casi todo, aunque se imponga por una diferencia pequeña. La fórmula garantiza que el partido adquiera unidad de doctrina a costa de una reducción severa de la proporcionalidad, lo que acaba con la variedad de sensibilidades que se agrupan tras la marca única, algo que equipara a la gran novedad del diseño político con las viejas organizaciones que monopolizaban el patio nacional. Esa es hoy una de las fuentes de inestabilidad interna de Podemos. Hay más, como las que genera la estrategia de crecer sumando fuerzas en apariencia convergentes, que avivan las divergencias al poner por delante del proyecto de partido la defensa de su territorio. A falta de evaluar las consecuencias de su rechazo a abrir paso a un gobierno de Pedro Sánchez –lo que, según anticipan algunas encuestas, no resultaría de agrado de un elevado porcentaje de sus votantes el mayor reto para Podemos consiste en conseguir que una organización a medio hacer sobreviva a su desbordante éxito electoral. Lo que ahora presenciamos son sólo casos incipientes, pero sintomáticos, de las fracturas que se están generando dentro de la formación. Combatir los síntomas reduciéndolos a un relato del enemigo, cuando hay dimisiones para verificar que se trata de algo más que una ficción interesada, resulta una tentación rancia en exceso, imperdonable en quienes hacen bandera de un nuevo estilo político. El PSOE sería un ejemplo depurado del mejor trotskismo si tuviera capacidad para infiltrarse en Podemos y desatar esta crisis, que es real y cuyo alcance todavía desconocemos. En contraste con los supuestos poderes ocultos del socialismo, lo que sí sabemos es que Pedro Sánchez encuentra resistencia incluso cuando trata de infiltrarse en su propio partido.

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