Las siete esquinas

Lenguaje inclusivo

14.03.2016 | 05:00

Veo en la televisión a una profesora universitaria hablando de su vida. En no sé qué momento, cuenta que su hija tuvo un problema grave en su nuevo colegio. A la hora del recreo, la maestra anunció: «Niños, ya podéis salir al patio». La niña no entendió bien la frase. «¿Y nosotras, las niñas?», se preguntó. Y entonces se sintió discriminada. ¿Cómo era posible que la maestra no hubiera incluido a las niñas en aquella frase rutinaria? Y lo más inaudito de todo es que la madre de la niña –que es profesora universitaria, repito– compartía la indignación de su hija. ¿Cómo era posible que una educadora no usara un lenguaje inclusivo –eso dijo, inclusivo, que suena a técnica quirúrgica– para dirigirse a sus alumnos? ¿En qué país vivíamos? ¿Y cómo éramos capaces de tolerar semejante atropello?

Lo peor de esta historia es que se viene repitiendo desde hace mucho tiempo. Y todo esto ocurre al mismo tiempo que se colocan semáforos paritarios en Valencia, con figuras de hombres con pantalón y mujeres con falda. Y eso ocurre mientras se reclama cambiar el nombre del Congreso –Congreso de los Diputados– para que no «discrimine» a las mujeres diputadas. Y todo esto ocurre en un país que ocupa una de las peores posiciones de toda Europa en cuanto a fracaso escolar (por no hablar de desigualdad o de desempleo crónico). Pero parece que las cuestiones más urgentes son estos problemas escolásticos del lenguaje «inclusivo» o de los semáforos paritarios. Y ahí está la profesora universitaria que se indigna porque su hija no recibe una educación con lenguaje «inclusivo». Esta mujer no parece consciente de que su indignación está tirando por la borda siglos y siglos de inteligencia humana.

Decir «niños, podéis salir al patio» no es una discriminación ni una burla, sino un triunfo portentoso de la inteligencia humana. Hace diez mil años, o quizá muchos más, los seres humanos cayeron en la cuenta de que el lenguaje debía ser económico –la ley del mínimo esfuerzo– si quería ser útil para las necesidades comunicativas. Y entonces se inventó un uso del sustantivo que designase tanto a individuos del género masculino como del femenino. Es lo que se llama el uso del género no marcado. El silogismo «todo hombre es mortal», que quizá causaría graves dolores de cabeza a la hija de nuestra profesora universitaria, no le causaría ningún problema a una niña griega contemporánea de Homero, porque esa niña sabría interpretar perfectamente que esa frase incluía también a las mujeres –por desgracia para ellas, por supuesto–. Pero se trata de necesidades imperiosas del lenguaje, no de sexismo. Otra cosa es que para elegir el género no marcado se optara por el masculino, una elección en la que está claro que influyó de forma determinante el sexismo y el patriarcalismo de las sociedades indoeuropeas. Ahora bien, el lenguaje como tal no es sexista. Sí lo era –y lo sigue siendo– la sociedad en la que se acuñaron las fórmulas gramaticales que nos permitieron escribir la Odisea y la Divina comedia, o El Quijote o La mort i la primavera. Pero si eso molesta, lo que hay que hacer es cambiar la sociedad y dejar en paz al pobre lenguaje.

En la ´Odisea´, Zeus habla con Hermes y le ordena anunciar al mundo que Ulises va a volver a Ítaca «sin compañía ni ayuda de dioses ni de hombres mortales». El día en que todos los que quieren cambiar el nombre del Congreso tengan el poder de dictar leyes, es muy posible que se cree una neolengua «inclusiva» que adapte la Odisea –y toda la literatura universal– a la visión del mundo que ha aprendido a tener la hija de la profesora universitaria que no entiende la frase «niños, podéis salir al patio». Y entonces, si ese día llega –y al paso que vamos, llegará–, un aplicado filólogo destrozará las viejas palabras de Homero para que las puedan entender todas esas niñas y niños que han sido educados en el lenguaje correcto e inclusivo y visibilizador y paritario (aunque vivan en un país desigual e incorrecto e inculto y lleno de gente que dice paridas). Y ese día, el pobre Zeus, dirigiéndose a Hermes, le tendrá que suplicar que anuncie a los hombres –y a las mujeres– que Ulises volverá a Ítaca «sin compañía ni ayuda de dioses ni de diosas, ni de hombres ni mujeres mortales». Y los pobres hexámetros de Homero serán correctos y monstruosos (o monstruosas), después de que un bisturí ideológico les haya extirpado el delicado corazón de las palabras.

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