La quinta columna

En el reino de Pablemos

18.03.2016 | 05:00

Pablo Iglesias ha confirmado otra vez que el germen asambleario y fraterno de Podemos es ya casi tan viejo como la vieja política. Pero ha hecho más: la destitución del secretario de Organización, Sergio Pascual, quien tenía en sus manos el control del aparato territorial, demuestra que la crisis interna del partido, con rebeliones en varias comunidades (y diez dimisiones en la dirección de Madrid), no era ningún «relato de la división» alimentado por sus enemigos. «Cuando el río suena, agua lleva». Hay que celebrar que Iglesias haya terminado rindiéndose a la sabiduría del refranero. Así, por lo menos, uno puede seguir convencido de que la historia y la política españolas no arrancaron el día que los politólogos botaron su partido, y que el vicio de marear la perdiz no es exclusivo de los experimentados cuadros del PP y el PSOE. Iglesias fulmina a Pascual con nocturnidad y le hace pagar por una «gestión deficiente» (de las crisis territoriales, se sobrentiende) que ha «dañado gravemente» a Podemos. Pero Luis Alegre, el secretario general del partido en la Comunidad de Madrid, continúa en su puesto, pese a que un tercio de los miembros de la dirección regional ha renunciado a sus cargos en protesta por su «paralizante» labor al frente de la formación en ese territorio. La semana pasada, después de que se conocieran las dimisiones en Madrid, Iglesias y su «número dos», Íñigo Errejón, «amigos» desde los 19 años, hicieron causa común para negar que Podemos estuviera encaminándose hacia la fractura. Y para desmentir, también, que hubiera diferencias entre ellos. Pero Pascual, el destituido, es hombre de Errejón (como lo eran, asimismo, los diez dirigentes madrileños que renunciaron), y Alegre, el que se salva, es un conocido «pablista». Así que si el empeño de los dos «amigos» era alejar de la dirección nacional los rumores de cisma, no lo han conseguido. Primero, porque el reparto de premios y castigos deja bien claro quién paga y quién no, y el sector que se lleva los palos es siempre el mismo. Y segundo: porque la decisión de Iglesias de destituir a Pascual hace repercutir una crisis territorial (un río de ellas, más bien) en la cúpula estatal. Ahora, sólo falta saber si el nutriente de la crisis es, como algunos analistas proclaman ya a voz en grito, que Errejón e Iglesias tienen distintos pareceres sobre la estrategia a seguir para facilitar la formación del nuevo gobierno. Es decir, si el «número dos» quiere pillar cacho ahora, mientras que el «número uno» lo fía todo a unas nuevas elecciones. La cofundadora de Podemos Carolina Bescansa certificó ayer la validez de esta hipótesis al decir que los dos «amigos» mantienen «discrepancias tácticas». A juzgar por los modos del soberbio Iglesias –que un día reprocha a Felipe González su pasado manchado de cal vida y al otro le tira los tejos a Pedro Sánchez–, es de suponer que el secretario general confía en «pasokizar» al adversario socialista el 26 de junio, pese a todo lo que ha hecho por obstaculizar un acuerdo con el oponente. Pero debe tener en cuenta que ese día las confluencias pueden querer concurrir a las urnas por su cuenta y riesgo, lo que mermaría la renta de diputados de Podemos. Y a nadie debe extrañar, además, que el debate con el PSOE –sí con el PSOE– no se haya instalado en el partido para quedarse, pues la murga de la «centralidad» y los vaivenes programáticos, a los que Podemos ha sido tan proclive en su corta historia, han sembrado el terreno para trasmutar el asalto al poder en un simple «aprovechemos la oportunidad, que igual no hay otra».

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