Punto final

¡Bravo, Yago!

20.03.2016 | 03:49

El fin de semana pasado, Yago jugó un torneo de golf en Isla Canela. Ya me parece sorprendente que haya niños de siete años que jueguen al golf, pero que haya incluso torneos es letal. Yago juega solo, no hay ningún mayor que le ayude mientras compite. Son los propios niños quienes van rellenando la tarjeta en la que hay que anotar los golpes que hacen para completar cada hoyo del campo. Esto es así para que ni padres ni profesores o agentes se entrometan en el juego de los niños y compitan con total libertad y tranquilidad. Me parece una idea genial. Los niños no reciben presiones de nadie ni son regañados tampoco por equivocarse. No olvidemos que tienen siete años.

Yago hizo un recorrido fantástico. Al terminar la competición presentó una tarjeta de cincuenta golpes. Cuando acaban de jugar los niños no saben quién ha ganado. De este detalle se enteran cuando presentan sus tarjetas en la casa-club. A los pocos minutos de entregar la suya, buscaron a Yago para informarle de que había sido el campeón. La alegría que se llevó el chaval fue tremenda.

Cuando llegó a casa y soltó la copa que le entregaron por ganar el torneo se puso a repasar su tarjeta junto a su padre. Esto era un ritual que cumplían siempre. Ambos volvían a sumar los golpes que Yago necesitó para hacer el campo. Sólo que esta vez ambos también se sentían más orgullosos puesto que esta tarjeta era de ganador. Al sumar de nuevo se dieron cuenta de un detalle.

Yago se había equivocado. Había sumado mal sus golpes antes de entregar la tarjeta a los jueces de la competición. La suma de los golpes daba un total de cincuenta y un golpes y no de cincuenta como él había anotado en su tarjeta. El fallo se transformó en un jarro de agua para Yago cuando el padre le informó de que cometer un error en la tarjeta implica la descalificación del torneo. La decepción se comió al pobre Yago. Fue entonces cuando su padre le dijo que tenía dos opciones: quedarse con el trofeo que le habían entregado por ganar, un trofeo que no se merecía, o llamar a la federación de golf para entregar la copa puesto que no lo había ganado.

Yago no dijo nada. Se quedó callado y se fue con su hermano a jugar. Su padre esperó para ver cómo reaccionaba su hijo. Esa reacción no tardó. A los pocos minutos, Yago fue al encuentro de su padre para decirle que quería devolver el trofeo que le habían dado unas horas antes. El padre, lleno de alegría por la decisión tomada por su hijo, le pidió que escribiera una carta a la federación de golf explicando lo que había pasado y el motivo por el que quería devolver el trofeo. Y así hizo Yago. Con la ayuda de su hermano escribió de su puño y letra esa carta en la que explicaba el error y pedía a la federación que entregara el trofeo a quien verdaderamente había ganado la competición.

Yago seguro que piensa que no había ganado el torneo. Esto no tiene importancia. Con tan solo siete años tiene toda la vida para ganar otros muchos campeonatos. Lo que no sabe Yago es que ha ganado algo mucho más importante. Había tomado él solo la decisión correcta. Había aprendido una lección que le ayudará en la vida seguro.

Es evidente que la razón de que este niño tomara la determinación de entregar el trofeo es el gran trabajo que están haciendo sus padres en la educación de su hijo. Ellos tienen toda mi admiración y también son ganadores. No podremos saber si Yago será un campeón de golf en el futuro. No sabemos si lo veremos por la televisión ganando un Master de Augusta o una Ryder Cup.

De lo que sí estoy seguro es de que, con la educación que está recibiendo Yago de sus padres, jamás lo veremos mofándose de unos mendigos como hemos visto en todos los telediarios en estos días. Tan seguro como que no veremos a Yago insultando a un árbitro en un campo de fútbol o abucheando al contrario en una cancha de baloncesto.

Esta historia verídica me ha llenado de felicidad porque seguro que hay más «Yagos» aunque no hayan sido noticia esta semana y muchas familias que educan a sus hijos basándose en valores y dando lecciones como ésta que os cuento. ¡Chapeau por los padres de Yago!

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