A media voz

Tener hijos

20.03.2016 | 05:00

Tener hijos (hijas) en esa sociedad individualista es muy difícil. Una sociedad así, formada por personas egocéntricas, competitivas, hedonistas, alérgicas al compromiso, banales e insolidarias con los vulnerables (infantes, enfermos, ancianos), no propicia la maternidad por más que anime a ella con toda clase de señuelos y paradojas irresueltas. Por eso cualquiera que decida ser padre o madre debe enfrentarse a esas paradojas, además de a los problemas cotidianos de la crianza, los modelos enemigos (el adulto-céntrico, el niño-céntrico) que proclaman los distintos técnicos en pediatría divulgativa, los mitos asociados a la maternidad, a los bebés y a la familia, y el marco político (el capitalismo salvaje, el liberalismo insolidario) que explica la hostilidad que sienten y los obstáculos que se encuentran ellas, y cada vez más ellos también, cuando nace su primer hijo (hija).

Un hijo (hija), que le pone a uno en permanente estado de alerta por sí mismo y por las preguntas mudas que nos hace sobre la constitución política y social del mundo, requiere una continua adaptación a un medio cambiante y hostil, por poco que uno sea consciente y responsable de lo que se tiene entre manos, a prejuicios, inercias y teorías cerradas. Eso es lo que le lleva, a quienes los tienen, a interrogar compulsivamente a otras madres y a otros padres (porque cada cual es diferente y esa diferencia tiene que estar incluida en un discurso que se pretende igualitario) y a leer los manuales más serios y los textos de autoayuda (porque influyen en millones de personas que, a su vez, influyen en instituciones, leyes y el saber popular). Hay muchas cuestiones de gran calado que preocupan a las madres y padres: el colecho y el destete, que enciende de fascismo o de ingenuismo neorromántico las redes sociales y los anaqueles de las librerías; la ética del cuidado, tan necesaria en un mundo que hace todo lo posible por olvidarse de los débiles, y las repercusiones de la culpa, de las que se benefician los psicoanalistas y el resto de profesionales del alma; la conciliación de la vida laboral y la crianza de los hijos, algo casi imposible todavía hoy después de que sucesivos ministerios hayan propuesto iniciativas erróneas e hipócritas; el agotamiento y la soledad de las madres, que han sido desgajadas a la fuerza de la cadena milenaria que transmitía saberes, técnicas pediátricas y ayuda comunal; la Liga de la Leche y los abuelos como retaguardia de apoyo; la educación basada en la bondad innata del niño versus la educación basada en la necesidad de transmitirle valores positivos a alguien que nace con buena parte de su hoja de instrucciones para vivir, y para ser feliz y hacer felices a los demás, en blanco. Etcétera.

Un hijo (hija) no es sólo una oportunidad para cambiarle a uno sino también, y quizás sobre todo, una oportunidad para cambiar el mundo. Por eso hay que ponerle voz y sintaxis a muchas de las preocupaciones de los que tenemos hijos (hijas), y compartirlas para entre todos hacer una crítica profunda y bien argumentada de nuestro modelo de civilización, y para ofrecerles a ellos y ellas la oportunidad de crecer felices y armónicos. Dos o más pájaros de un tiro o, para ser más exactos, y para que no parezca una apología indirecta de la violencia, dos o más pájaros (el de la maternidad bien entendida y el de una nueva cultura, entre otros) volando libres y fuera del alcance de esos cazadores desalmados que se han convertido en el símbolo por antonomasia de nuestro mundo.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
Crea tu propio Blog
Enlaces recomendados: Premios Cine