Crónicas galantes

Si robas, te hacen ministro

20.03.2016 | 05:00

El expresidente brasileiro Lula da Silva lo ha hecho ministro su discípula y sucesora Dilma Roussef, con lo que se cumple una vieja profecía. «Cuando un pobre roba, va a la cárcel; pero cuando roba un rico, lo nombran ministro», decía hace 27 años el propio Lula, anticipándose a los acontecimientos. Ya se ve cuánta razón llevaba.

La condición de rico se le supone a Lula, una vez que los jueces de Brasil ordenaron un registro en varias de las casas que posee el antiguo tornero y luchador sindical. La propiedad inmobiliaria, cuando es abundante y de lujo, constituye de por sí un signo evidente de riqueza. Sospechan además los magistrados que el ahora ministro adquirió ese patrimonio con el dinero obtenido de los sobornos durante sus dos mandatos como presidente.

No parece que esas suspicacias vayan desencaminadas, si se tiene en cuenta que casi todos los dirigentes del Partido de los Trabajadores de Lula están siendo investigados por distraer dinero público hacia sus bolsillos. Si los subalternos se dedicaban a mamar en la ubre de la petrolera del Estado, es razonable pensar que el jefe al mando de la tropa también lo hiciese. Son cosas que se deducen fácilmente así en Brasil como en cualquier otro país donde la corrupción se extiende en los partidos que están en el gobierno.

Si Lula hubiera salido de la presidencia tan pobre como llegó a ella, ahora no pendería sobre él la amenaza de cárcel, ni tendría que recurrir al truco de ser nombrado ministro para evitar que le pongan los grilletes. Por fortuna para el expresidente, su nuevo estatus de persona rica e influyente le permite hacerse con un puesto en el Consejo de Ministros que lo salvará –al menos por un tiempo- de la enojosa condición de presidiario.

La solución es de lo más ingeniosa y creativa, como corresponde a un país de la singularidad de Brasil. Aquí, en la menos imaginativa Europa, a los corruptos se les ampara con puestos de senador o diputado para ponerles las cosas más difíciles a los jueces; pero no es lo mismo. La treta de hacer ministro a un antiguo presidente es mucho más sofisticada: y solo faltó que Roussef le encargase a Lula la cartera de Justicia o la de Instituciones Penitenciarias para que la argucia fuese completa.

En esto se conoce que el arte de hurtar, sobre el que escribió un manual famoso el portugués Antonio Vieira hace más de tres siglos, se ha perfeccionado notablemente con el paso de los tiempos. Antiguamente, los ladrones se acogían a sagrado en el recinto de las iglesias para eludir la persecución de la Justicia, sabedores de que el poder secular no podía entrar en tales ámbitos. Ahora buscan refugio en los Parlamentos y hasta en los Consejos de Ministros, que son un detente-bala aún más eficaz.

Tales maniobras no hacen sino abonar, en realidad, las sospechas de que el implicado es culpable: ya sea en Brasil, ya en otros países que por discreción no citaremos. Si los gobernantes investigados no tuvieran nada que ocultar, lo lógico sería que se sometiesen como cualquier otro ciudadano a las indagaciones de los jueces.

Pero qué va. Lo habitual es que se agarren como lapas a la protección que les brinda su acta de parlamentario y, en los casos más extremos, recurran a las amistades para que les hagan un hueco en el Gobierno. Lula, que ya intuía hace años la relación entre el robo y los ministerios, se ha limitado a aplicarse el cuento.

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