Tribuna

Fidel contraprograma a su hermano

27.03.2016 | 05:00

Llovía en La Habana cuando apareció Obama con toda la familia, una amplia sonrisa, sujetando su propio paraguas y sin rastro de Castro al pie del Air Force One, lo que ya daba pie a una primera tanda de cuestiones. Las ausencias ya dieron pie a las primeras críticas del viaje.
¿Qué mensaje se ha querido pasar a cubanos, de dentro y fuera y americanos, demócratas y republicanos? Las imágenes de la atractiva Michelle, con ese traje estampado años 50, las dos hijas ya mujercitas y su suegra Marion, daban a la comitiva un aire casi vacacional que no se no se compadecía con el historicismo de la visita. La explicación podría estar en que Rhodes –arquitecto en la Casa Blanca de la política de apertura con Cuba– ha preferido rebajar la euforia –ni el fin del embargo es para mañana ni hay fechas para cerrar Guantánamo– para no excitar más los ánimos republicanos, ya enfebrecidos en el ecuador de la campaña presidencial.

El diseño cubano del recibimiento es acomplejado, está inspirado en viejos tics castristas pues Raúl debería haber estado en el aeropuerto y también Díaz Canel, el vicepresidente no militar, primer político del gobierno cubano que no participó en la Revolución y apuesta de muchos cubanos para sucederle en 2018.

La pieza maestra de la visita la interpretó Obama en el Teatro Alicia Alonso, hoy sede del Ballet Nacional de Cuba (antiguo Centro Gallego, construido por la pujante emigración gallega y confiscado por Fidel Castro tras la revolución de 1959) donde pronunció un discurso trascendental, en el que dejó claro que los Estados Unidos ni tienen intención de imponer un cambio en Cuba ni quieren, «no vamos a imponerles nuestro sistema político o económico; cada pueblo debe trazar su propio modelo».

No se limitó el presidente americano a mostrar el ramo de olivo «esta no es una política de normalización de relaciones con el gobierno cubano, los Estados Unidos están normalizando relaciones con el pueblo de Cuba» y su discurso contuvo una buena dosis de crítica, apelando –con tacto– a la necesidad de un cambio, «una prosperidad sostenible exige un intercambio de ideas, libre y abierto».

Cuando el animoso mandatario se refirió al deseable fin del embargo, el teatro se sacudió la modorra –los cubanos se resienten del aislamiento al que les han sometido las ideologías radicales de ambos extremos– y aplaudió sonoro, aunque la apelación no deje de ser un «wishful thinking», por la rocosa oposición republicana. Ambos presidentes sufren su radicalismo en casa; Obama a los republicanos, Raúl, a la vieja guardia del cuartel Moncada, con su hermano al frente. La víctima es común: el pueblo cubano...Y cuando unos y otros han tratado de enumerar las 'aperturas', se quedan en el magro balance de los 'cuentapropistas' y el puerto de Mariel. Mísero menú para una juventud a la que no facilitan banda ancha para asomarse al mundo, aunque le traigan a los Rolling para compensar emociones.

En la agenda de la normalización –junto al embargo, derechos humanos y Guantánamo– otro gran asunto pendiente al que el gobierno cubano ha negado rotundamente cualquier posibilidad de transacción y no ha cedido un palmo en la mesa de negociaciones con Washington, son las propiedades que fueron nacionalizadas con ocasión de la Revolución del 59. Todo llegará, porque cuando un día se ponga fin al embargo, el relanzamiento de la economía cubana precisará de inversión extranjera y esto pasará por dar seguridad jurídica y confianza a los inversores y una solución al conflicto patrimonial.

Ya con ocasión de esta visita, un abogado representante de propietarios confiscados, pidió a Obama que no hablase, rompiendo la neutralidad, en el Gran Teatro y lo hiciese en otro espacio alternativo, pues el antiguo Centro Gallego fue objeto de incautación. Y es que en Estados Unidos son muchos, incluidas importantes empresas, los que esperan recuperar sus propiedades una vez finalice el régimen de Castro, aunque en su caso lo tendrán más fácil porque su país ya ha mostrado su firme intención de apoyar sus reclamaciones.

Nuestro caso es diferente al americano en lo que se refiere a la reclamación y recuperación de los patrimonios confiscados, ya que en virtud del convenio de indemnización entre España y Cuba de 1986, el Estado español –al tiempo que establecía las indemnizaciones por los bienes nacionalizados por la Revolución– renunció a presentar ni mantener ante el Gobierno de Cuba o ante instancia arbitral o judicial posibles reivindicaciones sobre esos bienes. Alrededor de un billón de dólares incautados al millar de familias de españolas que habrían perdido su patrimonio en Cuba: aeropuertos, muelles, grandes almacenes, hoteles, cines, gasolineras, terminales de autobús, fincas de ganado, grandes extensiones azucareras y la finca de tabaco más grande de Cuba (2.900 hectáreas).

El convenio se saldó con un fiasco ya que hubo propietarios o descendientes de los mismos que no quisieron firmar aquel documento, al estimar que las cantidades eran muy inferiores a lo que valían las propiedades, con la esperanza de que podrían reclamar los bienes inmuebles registrados –antes del 1 de Enero de 1959– en el Registro de la Propiedad de Cuba e incautados por Fidel Castro.

Ahí radica la esperanza de quienes sueñan con el final del régimen de los Castro, sin admitir que el futuro de Cuba lo van a decidir los cubanos, que, como resaltó Obama, comparten con los americanos «valores como el patriotismo y un sentido de orgullo, mucho orgullo».

Al término de la visita, me embarga la aprensión por la buena marcha del proceso. Fidel sigue boicoteando los esfuerzos de Raúl por normalizar, desde el pragmatismo, las relaciones con Washington. Al margen de las dificultades objetivas del asunto, no se puede entender que haya contraprogramado la visita, atacando –con cámaras de por medio– para dar visibilidad a un forzado encuentro con el desprestigiado presidente venezolano. Este movimiento táctico de entorpecimiento, sin pies ni cabeza, no tiene explicación salvo hacer ver, orbi et orbe, que el encuentro no le hacía ninguna gracia, que sigue mandando él y que no daría idéntico trato al gringo.

¿Poli bueno, poli malo o celos fraternales? En cualquier caso, una ocasión fallida para haber escenificado la reconciliación, con un encuentro en Jaimanitas –la residencia de Fidel– entre Obama y el último León.

Al termino de la visita cuando ya había dejado de llover, el presidente americano dejaba La Habana, camino de Buenos Aires, con un semblante serio.

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