Impresiones

A río revuelto...

28.03.2016 | 05:00

Ganancia de pescadores, como dice el refrán. Este domingo hace un año del momento en que Mohamed Bin Salman, conocido como MBS, embarcó a las tropas saudíes en el conflicto de Yemen. MBS es hijo del rey Salman, número dos en la sucesión al trono, ministro de Defensa, presidente del Consejo de Energía y varias cosas más que le convierten en el hombre más poderoso del reino a pesar de no tener aún treinta años. El resultado final puede ser inesperado.

Yemen es uno de los países más antiguos del planeta, cuna de la reina de Saba que sedujo al rey Salomón y luego fundó el mítico reino del Preste Juan en el corazón de África, donde Indiana Jones buscaba el arca de la alianza. En cambio, Arabia Saudita es un país muy joven pues fue creado por los ingleses tras las promesas hechas a los árabes por Lawrence de Arabia a cambio de su ayuda contra el imperio otomano durante la Gran Guerra. Hasta entonces Arabia Félix, como aparecía en los mapas, era un vasto desierto con una población escasa dedicada al pastoreo que al alcanzar la independencia adoptó el nombre de la tribu que se hizo con el poder y lo mantienen hasta hoy. Es, literalmente, el reino de la familia al-Saud.

Pero mientras Yemen es uno de los países más pobres del mundo, Arabia Saudí nada en un mar de petróleo. Y además el 35% de los yemenitas son yazidíes (una secta chiíta) mientras los saudíes son mayoritariamente sunnitas. El resultado es que se llevan mal desde siempre. Cuando Arabia Saudí alcanzó la independencia, Yemen le declaró la guerra por una cuestión territorial que solo fue resuelta por el tratado de Taif en 1932, que dejó una amarga herida y un irredentismo no resuelto en Yemen. Ambos pases comparten una larga frontera de 1.500 kilómetros que bordea zonas de enorme sensibilidad para Riad pues es allí donde tiene sus campos petrolíferos más importantes y donde reside la minoría chiíta del Reino (15%). Cuando en enero de este año los saudíes ejecutaron al jeque al-Nimr lo hicieron no sólo porque había insultado a la familia real sino porque incitaba a la sedición de las zonas habitadas por chiítas. Y es que hay cosas con las que no se juega.

Cuando los ecos de la «Primavera árabe» llegaron hasta la capital del Yemen, Sana´a, desembocaron en enfrentamientos entre el presidente Abdullah Saleh y una facción del ejército liderada por el general al-Ahmar. El posterior intento de asesinato de Saleh acabó con su exilio y su sustitución en 2012 por el presidente Mansour Hadi tras una mediación de los países del Consejo de Cooperación del Golfo. Hadi, de religión sunnita, consciente de la realidad tribal del país, quiso establecer un régimen federal con seis regiones pero el reparto no satisfizo a la poderosa tribu Houthi que habita las montañas del norte y son yazidíes, una secta chiíta. El conflicto estaba servido, el avance houthi fue fulgurante y aunque inicialmente solo querían más territorio y más poder dentro de la Federación, el hundimiento del poder central y el apoyo de sectores del ejército leales al expresidente Saleh en el exilio dieron al problema una dimensión nacional en un momento en que la atención internacional estaba centrada en la guerra de Libia donde moría el dictador Gaddafi, y los saudíes estaban muy ocupados defendiendo al emir de Bahréin, de religión sunnita, frente a su pueblo mayoritariamente chiíta. Esto en un contexto de repliegue americano con episodios como dejar caer a Mubarak, algo que hizo correr un escalofrío por las espaldas de los demás dictadores de la región, mientras se iniciaba la guerra terrible civil en Siria. Para colmo, las negociaciones de la comunidad internacional con Irán anunciaban el fin del ostracismo de este país, enemigo tradicional de Riad, y su regreso como gran potencia chiíta al juego político regional. Arabia Saudí no puede permitir que Irán, que ya controla parte del estrecho de Hormuz, apoye a los houthis y extienda su mano hasta el de Bab el Mandeb pues eso pondría en peligro el tráfico marítimo mundial de petróleo y Riad vive precisamente de eso.

Fue esa combinación de elementos la que hizo saltar todas las alarmas en Riad y decidió a MBS a formar y dirigir una coalición de nueve países sunitas para intervenir militarmente en Yemen mientras el mundo miraba hacia otro lado. Su objetivo era devolver a los houthis chiítas a sus montañas, reponer al presidente sunnita Hadi en Sana´a, evitar la creciente influencia de Irán en su flanco sur y estabilizar Yemen, convertido en otro estado fallido con 26 millones de habitantes que han visto su pobre infraestructura destrozada por la guerra. Si ya estaban mal, ahora están peor con 6.000 muertos, casi tres millones de desplazados internos y un PIB per cápita que se ha reducido en un 35% el último año.

Pero no ha sido el paseo militar que MBS pensaba y Riad, con parte de sus objetivos cumplidos, desea poner fin a sus operaciones militares en Yemen. El problema es que deja detrás un país destrozado donde Al Qaeda trata de ocupar el vacío de poder que se ha creado, mientras promueve la secesión del sur del país. Al Qaeda envidia el dominio territorial que ha establecido en Siria/Irak el Estado Islámico y trata de imitarle. Sería un sarcasmo que los beneficiarios de la intervención militar saudí, que cuenta con apoyo norteamericano, vaya a acabar siendo uno de los grandes enemigos de Occidente.

*Jorge Dezcállar es diplomático

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