Entre el sol y la sal

No estoy solo

30.03.2016 | 05:00

De verdad, creo que soy un raro. Por lo visto debo pedir perdón por ser una persona tranquila, normal. Ahora parece que si no tienes demonios en las entrañas o no te has sentido duramente golpeado por enemigos más o menos imaginarios pues no molas, no eres guay, eres un paria. Así que me he puesto a hacer examen de conciencia y resulta que mi madre no fregaba suelos a cambio de un trozo de bacalao como si fuera la protagonista de La voz dormida, no he sucumbido a parafilia alguna, que yo sepa no padezco traumas infantiles, suscribo que la ostentación es el opio del pueblo, soy creyente, no me gustan ni Sálvame ni Gran Hermano, por suerte no me mataron ningún abuelo en la guerra, no fui maltratado por mis compañeros en el colegio, soy de los que sabe que no verá a Rita Maestre vomitando su libertad de expresión en mezquitas y sinagogas, estoy felizmente casado, me aburre soberanamente el fútbol, me esfuerzo cada día por labrarme un futuro, todavía confío en la palabra de una persona, detesto a los clanes familiares que se apropian de las aceras en procesiones y cabalgatas, estudié para llegar donde estoy, hago ascos a la violencia, considero que un libro no es la peor compañía, pido que el corrupto no salga de prisión hasta que devuelva el último céntimo, me repugna quien vive de la provocación, respeto las tradiciones y las señales de circulación, estoy convencido de que la familia es sagrada, no cobro ningún subsidio o subvención, no soporto a Wyoming, Évole, Mejide, Pastor, Cintora y demás adalides televisivos de la conciencia social, me gustan los toros y el tres por cuatro, creo que la higiene personal y la etiqueta son muestras de respeto hacia los demás y sus costumbres, admiro a los que son consecuentes con sus actos, no me acompleja el nivel adquisitivo de la gente, me gusta que al pan pan y al vino vino, soy carnívoro y andaluz, agradezco un por favor y un de nada, no insulto a quien no comparte mi parecer, ni vivo en el pasado ni exijo ser resarcido por las maldades de aquellos que ya no están, se quién es mi padre, me hastían los revanchistas que reescriben la historia, alabo la meritocracia, odio a los cobardes que se esconden tras la sombra de un atentado, no pongo la otra mejilla, afirmo que el impuesto de sucesiones es el quebranto de una última voluntad, creo en la igualdad de oportunidades y no en la paridad de resultados, pienso que la educación es vecina de la tolerancia, me parece que Almodóvar y Shakespeare están sobrevalorados, me da miedo quien nada tiene que perder, honro todo lo que considero justo, me fastidia que llueva en fechas señaladas, no quiero nada que no sea mío, no silbo al himno de mi país ni abomino del ejército que lo defiende, no soporto al que sólo llora para mamar, y creo firmemente que revivir comunismos o fascismos es tan inteligente como meter los testículos en un avispero.

Ya se lo advertí, se ve que soy poco habitual, y tan raro me quieren hacer sentir las voces emergentes que estoy a punto de pedir una ayuda a la Junta de Andalucía por ello, por encontrarme discriminado en mi normalidad, por estar en peligro de extinción. Ahora sólo tienen megáfono y repercusión los que llevan a gala ser fruto de penas ancestrales, los hijos del anti sistema, los que reaniman los recuerdos guerra civilistas, quienes hacen del morbo su bandera, los masocas que añoran excusarse en una extinta opresión proletaria, los que usan el nombre del dolor en vano y los que dan el coñazo insistentemente con todo lo que ellos consideran dramas y desprecios desde la época de la reconquista.

Pues una cosa les digo a todos esos. Sois vosotros con vuestras circunstancias, pero yo también soy yo con las mías, tan respetables como las que más, así que olvidaros de monopolizar el discurso y la calle. Hay muchos motivos hoy en día para luchar, para reivindicar, para gritar, y en pleno S.XXI todos pueden y deben ser conseguidos con los instrumentos de la democracia y la convivencia.

Ya va siendo hora de guardar las fotos color sepia, las rancias manías persecutorias, los cantautores muertos y el olor a naftalina. Mejoremos lo heredado, cojamos lo bueno que hicieron otros y huyamos de vengativos populismos excluyentes. La memoria de quienes sufrieron de verdad lo merece.

Seré un raro, pero sé que no estoy solo.

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