360 grados

La economía colaborativa y la erosión del poder del Estado

31.03.2016 | 05:00

Los anglosajones son maestros en acuñar eslóganes y etiquetar movimientos sociales para presentarlos bajo la mejor luz posible: son maestros indiscutibles de las relaciones públicas y la propaganda.

Véase si no lo que ocurre con lo que allí llaman sharing economy y que a falta de mejor traducción aquí hemos llamado «economía colaborativa». ¿quién, si no el peor egoísta, ve algo malo en «compartir»?

Pero ese idealista «lo que es mío es tuyo» se ha transformado al poco tiempo en «Lo tuyo es mío» (What´s yours is mine OR Books), título que ha dado Tom Slee a su elocuente manifiesto contra ese movimiento originado en Estados Unidos y que va difundiéndose rápidamente por todo el mundo.

«La sharing economy, escribe Slee, se ha convertido en una gran oportunidad para alejar el poder de decisión del alcance de los órganos electivos».

Es decir que forma parte de ese proceso al que asistimos de liberalización económica que tiene como objeto erosionar el poder del Estado, único garante frente al poder omnímodo de las multinacionales.

El peligro evidente es que, de seguir por esa senda, nos encontraremos pronto inmersos en una sociedad con muchas menos garantías tanto para los consumidores como para los proveedores de servicios o trabajadores.

Según un estudio del Center for American Progress, el problema se plantea cuando, como ocurre muchas veces con plataformas como Airbn (alquiler de la propia vivienda) o Uber (alquiler del coche particular), esas actividades se convierten en la única fuente de ingresos de muchas personas.

Porque convierten al trabajador en un «autónomo» que no tiene vacaciones ni ningún derecho en el caso de caer enfermo ni puede recurrir a un sindicato para que defienda sus intereses.

Es cierto que en Estados Unidos algunos empiezan ya a moverse y van a presentar a mediados de año una class action (defensa de intereses colectivos) frente a Uber, a la que quieren obligar a que los reconozca como empleados y no como autónomos.

Un estudio del instituto de investigaciones Data & Society del que se hace eco el semanario italiano L´Espresso revela que los conductores que ponen sus vehículos a disposición de Uber están sujetos al dictamen de un poderoso algoritmo.

Este algoritmo rige la aplicación utilizada por los conductores y los lleva con mensajes automáticos a coger a clientes en las horas punta –cuando las tarifas son más altas–, los obliga a trabajar unos días y no otros, o a mejorar la propia puntuación (votada por los clientes) ofreciéndoles a éstos agua e incluso algún bocadillo.

Uber no ofrece transparencia, y como señala uno de sus críticos, el sociólogo Giovanni Boccia Artieri, de la Universidad de Urbino, «el algoritmo que determina el precio de una carrera es desconocido y la garantía de la calidad del servicio está sólo en la marca.

Según la profesora de Derecho de la universidad de Denver (EEUU), Nancy Leong, los algoritmos de esos servicios tienen un potencial discriminatorio, que perjudica a las minorías étnicas.

Ello se debe a que las plataformas permiten a las dos partes que participan en el servicio (proveedor y cliente) votarse el uno al otro: es decir que si a uno no le gusta la otra persona por cualquier cosa, aunque sea por su aspecto o el color de la piel, tiene menos posibilidades de que se llegue a un acuerdo.

Así, un reciente experimento de la Escuela de Negocios de Harvard llegó a la conclusión de que en Airbn (la plataforma de alquiler de viviendas particulares), las personas con apellidos «afroamericanos» tienen muchas más dificultades para ser aceptadas.

Oponerse a ese tipo de plataformas, escribe en su manifiesto el citado Tom Slee, no es sentir nostalgia por un pasado pre-tecnológico, sino oponerse a una visión del mundo en la que «las personas se convierten en empresas» y el individuo es «sólo una marca personal».

Es rebelarse contra un sistema de la vigilancia constante, en la que los trabajadores, antes dotados de determinados derechos y garantías, se apuntan voluntariamente a un precariado hábilmente disfrazado de «flexibilidad», «conexión» y «participación» mientras los dueños de Airbn, Uber y plataformas similares ganan millones de dólares a su costa.

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