A media voz

El espanto

03.04.2016 | 00:32

De Parrasio de Éfeso, pintor ateniense del siglo V antes de Cristo, se dice que inventó la pornografía (que literalmente significa «retrato de prostituta») porque, enamorado como estaba de la hetaira Teodota, la pintó desnuda. Pero su fama se debe, sobre todo, al hecho de que, cuando sus conciudadanos le encargaron un Prometeo clavado, compró un esclavo anciano para que le sirviera de modelo. Como no le parecía que estuviera suficientemente triste o dolorido, ordenó a otro esclavo que lo torturara. Quería ver cómo se retorcía, cómo gritaba, cómo la piel se le abría en túrdigas sanguinolentas cuando le alcanzaba el látigo o se oscurecía con medallones rojinegros cuando la quemaban con un tizón. Pidió que le encadenaran, que le golpearan, que le trocearan. Cuando los testigos se quejaban del trato inhumano que estaba dando a esa persona, él, sin dejar de mezclar los polvos de colores, los aglutinantes o los pinceles, contestaba que era suyo y que, por consiguiente, podía hacer con él lo que le viniera en gana. El anciano, a punto de fallecer, susurró «Parrasio, me muero» y el artista, concentrado y excitado por el momento, le dijo «Quédate así», que era como pedirle que no se muriera hasta que él hubiera concluido su obra, es decir, hasta que ya no le fuera útil.

En 1888 James S. Jameson, heredero de una firma irlandesa de whisky, se encuentra en lo que hoy es la República Democrática del Congo acompañando al famoso explorador Stanley en su intento de rescatar a un gobernador asediado por los nativos. Cuando se encuentran en Ribarika, una población alzada junto al río Luluaba, le pide a sus intérpretes que compren una niña de diez años a cambio de varios pañuelos y se la regalen a los caníbales de la región. Estos la atan viva a un árbol (las crónicas describen los ojos aterrados de la infante), le dan unos tajos para extraer sus intestinos, la despedazan y se la comen. Mientras tanto James S. Jameson se entretiene en hacer seis bocetos que acabará convirtiendo en acuarelas.

El espanto, el horror, el verdadero corazón de las tinieblas: si me pertenece (el anciano, la niña) puedo hacer con eso lo me dé la gana: un cuadro, una carnicería, lo que sea. Y más si los poderes me protegen y me justifican. Porque los cuadros de Parrasio fueron coleccionados por el emperador Tiberio y los de James S. Jameson estaban avalados por la política genocida del rey Leopoldo I de Bélgica, uno de los mayores asesinos de la historia y propietario de facto de aquellos inmensos territorios y de las millones de personas que los habitaban. El poder se define por la producción de obras (cualquier clase de obras, desde artísticas o filosóficas hasta industriales o económicas) que no le rinden cuentas más que al propio poder. Nada de ética, de principios morales, de derechos humanos, de amor al prójimo, de valores, de alma. Es verdad que Parrasio y Jameson hoy en día, de habitar un país normal, estarían en la cárcel, pero el poder ya ha pensado en eso y ha perfeccionado sus técnicas de agresión fría, a distancia, camuflada de intereses legítimos y legales. Esos poderes que mandan en el mundo nos siguen retratando, a esa gran mayoría desarmada que figuramos como esclavos suyos, al natural, fijándose mucho en nuestras muecas de angustia, siendo fieles al realismo cruel de la necesidad, la desposesión, la guerra, el hambre, la enfermedad, la falta de patria. El fruto de este espantoso sistema, eso sí, colgará de museos, despachos y oficinas.

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