Las siete esquinas

No hemos entendido nada

04.04.2016 | 05:00

Hablo con una señora armenia que lleva varios años viviendo aquí. Tiene un hijo en Austria y otro en España. Ninguno de los hijos tiene trabajo, ni tampoco lo tiene su marido, pero ella no desespera. Es más, está muy agradecida a Europa, y en concreto a España, aunque aquí no haya encontrado la vida que alguna vez llegó a soñar para ella y su familia (pero ¿quién encuentra la vida que alguna vez soñó?, me pregunto). La señora está asustada, sí, muy asustada, pero sobre todo está enfadada, porque no entiende la reacción de mucha gente ante los atentados de Bruselas (y los anteriores, cabría añadir, en París y en cientos de otros lugares del mundo). «¿Cómo pueden decir que la culpa sea nuestra por haber invadido Irak?», se pregunta en voz alta, usando ese pronombre posesivo, «nuestra», que la identifica ya como una europea de adopción. «¿Cómo pueden decir esas tonterías? ¿Es que no tienen ojos en la cara?», refunfuña. Y luego sacude con rabia la cabeza mientras suelta un bufido: «No entienden nada, no entienden nada».

La mujer armenia sabe de lo que habla. Hace un siglo, entre 1915 y 1922, en el confuso contexto de la Primera Guerra Mundial, su pueblo fue masacrado por los turcos. Nadie sabe cuántos armenios murieron, porque no existe una contabilidad fiable de las matanzas, pero pudieron ser unos 300.000 o quizá muchos más. En cualquier caso, fueron muchos, muchísimos. El genocidio armenio fue el primer genocidio de nuestra historia contemporánea, pero mucha gente ni siquiera ha oído hablar de él. Es normal. El gobierno de Turquía se niega a reconocerlo, y hasta hace unos años publicar una información en Turquía sobre ese genocidio podía costar varios años de cárcel. El premio Nobel Orhan Pamuk tuvo que huir de Turquía por haberse atrevido a hablar de él.

Pero la mujer armenia también sabe cosas que nosotros hemos olvidado o hemos empezado a olvidar. Sabe, por ejemplo, que la vida es muy dura, como les tocó aprender a sus bisabuelos que sobrevivieron al genocidio de los turcos o a sus abuelos que vivieron la Segunda Guerra Mundial. Y sabe que la paz no es un estado permanente de la vida –como decía Miguel Bosé cuando reclamaba su pánfilo «derecho a la paz»–, sino una circunstancia cambiante que depende de mil factores y que nadie está nunca en condiciones de asegurar. Y sabe, por último, que los conflictos históricos existen, y que la convivencia entre los diversos grupos étnicos y religiosos es difícil, y que esos conflictos crean mentiras y tabúes y prohibiciones, y sobre todo crean unos odios enquistados que no desaparecen jamás, porque hay muertos que nadie se atreve a nombrar pero que están ahí, siempre presentes, siempre flotando en la memoria. Como los muertos armenios, por ejemplo. Y como los muertos de Bruselas. O los de París. O los de Lahore. O los miles y miles de muertos en Irak y en Siria, muertos en coches bombas o en atentados suicidas de chiítas contra suníes, y de suníes contra chiítas, o en bombardeos aéreos, o en matanzas indiscriminadas cometidas por alguien que decía actuar en nombre de Dios o de Alá o de la civilización, pero que sólo actuaba en nombre de sí mismo.

Y esto es lo que muchos de nosotros parecemos incapaces de comprender. Acostumbrados a la paz y a la prosperidad –aunque sea la titubeante prosperidad de estos tiempos de crisis–, y acostumbrados a vivir en un mundo de seguridades jurídicas y de leyes que se cumplen –a pesar de la corrupción y de las muchas injusticias–, nos negamos a creer que exista el odio o que exista el deseo de exterminar a otro por ser simplemente eso, otro: un armenio para un turco, o un turco para un armenio, por ejemplo. Y sobre todo nos negamos a creer que nosotros podamos ser el objeto de ese odio. Y por eso buscamos una explicación causal que pueda crear una apariencia de orden que de algún modo nos permita aceptar lo que sucede.

Y si alguien se hace estallar en un aeropuerto gritando «Alá es grande», empezamos a pensar que esa persona tenía una razón para hacerlo, porque era pobre, o porque vivía en un medio castigado por la exclusión social y la falta de integración, o tenía que malvivir en un gueto sórdido y miserable del que le resultaba imposible salir. O yendo más allá, pensamos que esa persona quería vengar el sufrimiento que los occidentales habíamos causado a los pueblos musulmanes desde la invasión de Irak, o desde la invasión de Afganistán, o desde la creación del Estado de Israel en 1948, o desde la época de las Cruzadas, hace ya casi mil años. O pensamos que hizo lo que hizo porque la CIA había vendido armas a los yihadistas, así que esa persona, que al fin y al cabo era un pobre diablo incapaz de reflexionar de forma racional –porque en el fondo somos así de racistas–, no había tenido más remedio que usar esas armas contra nosotros, los que se las habíamos vendido. O yendo incluso más allá, pensamos que esa persona hizo lo que hizo por los errores de la descolonización, o por los crímenes del colonialismo, o por nuestra codicia saqueando la riqueza del Tercer Mundo, y así hasta llegar a los tiempos fratricidas de Caín y Abel. El caso es que la culpa de lo que hacía ese terrorista era nuestra porque nosotros, los occidentales, le habíamos obligado a hacerlo por nuestra codicia y nuestro egoísmo, y sobre todo por nuestra clamorosa corrupción moral y económica y social. Es decir, que de algún modo nos merecíamos lo que nos había pasado.

Y esto es justamente lo que indignaba a la mujer armenia. Ese desconocimiento de la realidad, ese absurdo masoquismo que empuja a muchos occidentales a culparse de los ataques que sufren, y por encima de todo esa incapacidad de reconocer los hechos cuando éstos contradicen las hermosas teorías y los buenos propósitos sobre los que creemos haber fundado nuestra convivencia. Y sí, oyéndola hablar, uno no puede dejar de pensar que todo eso que dice es cierto. No hemos entendido nada. No, no hemos entendido nada.

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