A media voz

La cobra y la cantante

10.04.2016 | 05:00

Muchos medios, incluido este periódico, han contando la noticia de la muerte, hace una semana, de la cantante indonesia Irma Bule, a la que mordió una cobra mientras actuaba en directo. Este animal, que formaba parte de su espectáculo (es frecuente usarlos como figurantes en esa parte del mundo), reaccionó a un pisotón accidental de ella clavándole los colmillos en la rodilla. Los vídeos que pueden verse en distintas páginas web muestran cómo un ayudante suyo agarra al reptil por debajo de la cabeza, lo separa de la pierna de la mujer y se inclina sobre ésta para chuparle el veneno y escupirlo. Otros ayudantes, todos vestidos de negro, sostienen más cobras y las alejan de la cantante, cuya corta luminosa falda verde destaca en medio de la oscuridad general y cuyos zapatos (¿de piel de serpiente?) se doblan en paralelo al entarimado, pero nadie se muestra preocupado. Lo único que vemos es un pequeño rictus de dolor en la cara de Irma, aunque ella también se controla, deduce uno, para no estropear esa atmósfera de mágica calma antigua que envuelve la escena. Los artículos siguen dando cuenta de lo que después sucedió: primero ella se niega a ser atendida por los médicos, que querían inocularle un antídoto, y luego sigue cantando durante cuarenta y cinco minutos hasta que comienza a tener náuseas, mareos y vómitos y acaba desmayándose mortalmente.

Una cantante, Irma Bule, es mordida por una cobra mientras actúa en público y fallece a consecuencia del veneno que le inyecta. ¿Porque siente que es su deber, que es más importante terminar su trabajo sin decepcionar a sus seguidores que tomar medidas contra las previsibles consecuencias nefastas que pueden acaecerle? ¿Porque, embriagada de música y danza y familiarizada con esos bichos, está convencida de que no le va a pasar nada (y menos que nada la muerte), quizás porque la suma de tantas circunstancias sagradas (las cobras, que allí, como en muchas otras latitudes, lo son, como lo es la música-sonido-primordial y el baile-que-crea-el-universo y la noche-del-origen, divinidades por derecho propio de las que provenimos, de acuerdo con sus mitologías, todos los seres) la sacraliza también a ella, la transforma, al menos mientras se extasía sobre el escenario frente al fervor de las masas, en una diosa? ¿Porque es una pobre inconsciente que no sabe lo que hace? ¿Porque está drogada, porque la coaccionan, porque ya le ha pasado con anterioridad y ha sobrevivido sin mayores costes físicos, porque quiere demostrarse algo? ¿Porque desea, por razones que no han trascendido (un amor imposible, una desgana crónica, una frustración insoportable), morir, suicidarse sin que lo parezca, decirle adiós a la vida en plenitud de facultades y a la vista de todos?

La cobra sería devuelta a su urna y a la cantante la incinerarían o la enterrarían al día siguiente. Dos maneras de seguir el curso natural de las cosas, de ser fiel a las leyes de la existencia (y de la inexistencia). Mientras tanto, sin embargo, la metáfora y el enigma punzando el alma de quienes nos enteramos a miles de kilómetros de un suceso tan escalofriante. Una metáfora vacía como un cuenco para que cada cual vierta en ella las preguntas que necesite hacerse sobre la vida y la muerte y el modo extraño que tienen de relacionarse. Y un enigma, el de esa vida concreta, la de la hermosa Irma Bule, evaporada por arte de magia (una magia puesta en acción no se sabe si por demonios o por deidades), que necesitaría una novela o un poema para que pudiéramos entenderla.

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