A Divinis

La sexualidad descrita jesuíticamente

13.04.2016 | 05:00

El progresismo católico, que seguramente esperaba más, ha saludado con una moderada ovación el último documento del papa Francisco («se ha abierto una puerta» dicen), al tiempo que la conservación extrema ha hecho rechinar los dientes. Un reputado exponente de esto último, Roberto de Mattei, ya ha ofrecido su fallo: «La exhortación postsinodal ´Amoris laetitia´: primeras reflexiones sobre un documento catastrófico».

Se pueden cotejar ambas recepciones, pero antes hay que destacar, tras una lectura preliminar, que el papa Bergoglio se muestra en este texto exultante de jesuitismo: con una mano acaricia toda la doctrina y disciplina de la Iglesia acerca de la familia o de la sexualidad, y con los dedos de la otra apunta al valor de la «conciencia» individual, a lo «imperfecto» de las situaciones humanas, a la aspiración en pos de la «gracia» divina para perfeccionarlas, al «discernimiento» de las situaciones fuera de la norma moral, o al «proceso dinámico» del matrimonio.

En suma, el Pontífice jesuita aplica sendos postulados de San Ignacio: por un lado, alabar las «velas encendidas» (signo de filial obediencia eclesial), y, por otro, utilizar todo lo existente, incluida la doctrina, «tanto cuanto» ayude al fin último de las personas, salvar su alma. En este sentido, Bergoglio sería más ignaciano que jesuítico.

Otro apunte del Papa: «Las normas generales prestan un bien que nunca se debe desatender ni descuidar, pero en su formulación no pueden abarcar todas las situaciones particulares». ¡Oh vil casuística!, gritará la conservación, pero Francisco lo ha reiterado este lunes a través de Twitter: «Las personas divorciadas que viven en nueva unión son parte de la Iglesia, no están excomulgadas».
En el punto de mira se hallan las situaciones irregulares (convivencia prematrimonial, matrimonios civiles, homosexualidad, divorciados vueltos a casar, etcétera), y el Papa pide no arrojarlas a la excomunión, a la vía muerta, a la condena en vida, antes de que se produzca un «discernimiento especial», ya que «la Iglesia posee una sólida reflexión acerca de los condicionamientos y circunstancias atenuantes y por eso ya no es posible decir que todos los que se encuentran en alguna situación así llamada irregular viven en una situación de pecado mortal, privados de la gracia santificante».

Amoris laetitia (la alegría del amor), incide asimismo en una línea que inició el papa Wojtyla con gran sorpresa de los católicos: hablar del sexo, lo cual creó desde el comienzo del su pontificado, en 1978, grandes expectativas, no por el morbo, sino porque la sexualidad era materia reservada a gruesos tratados de moral o a frías encíclicas. Alguna de ellas dejó helados a los teólogos, la Humanae Vitae (1968), señalando así el punto de partida de la disidencia teológica que después Wojtyla intentó refrenar..., aunque hubiera comenzado hablando de sexo.

Francisco habla es este documento postsinodal (conclusiones del Papa después de los sínodos de la familia de 2014 y 2015), de la «dimensión erótica del amor» y en todo momento se remite a Wojtyla. Por ejemplo, cuando afirma que «a quienes temen que en la educación de las pasiones y de la sexualidad se perjudique la espontaneidad del amor sexuado, san Juan Pablo II les respondía que el ser humano ´está llamado a la plena y madura espontaneidad de las relaciones´, que ´es el fruto gradual del discernimiento de los impulsos del propio corazón». Haciéndose eco de aquellas catequesis de papa polaco, Francisco afirma hoy que «de ninguna manera podemos entender la dimensión erótica del amor como un mal permitido o como un peso a tolerar por el bien de la familia, sino como don de Dios que embellece el encuentro de los esposos».

No obstante, muy pocos católicos se hallarán hoy ante el dolor por «un mal permitido» o un «peso a tolerar». Como ya sucedía con Juan Pablo II, los consagrados más voluntariosos suelen hablar con veinte y o treinta años de retraso con respecto a las facilidades o dificultades que experimentan los matrimonios y parejas católicas con el sexo. Y esto incluye al papa Francisco.

Sin embargo, existe un asunto en el que distintos grupos de la Iglesia se consideran en actualísimo combate y que Francisco ha introducido en su texto para satisfacción de la conservación moderada (el progresismo católico tiende a invisibilizar estos temas para no verse coincidiendo con el Opus Dei u otros movimientos). El tema es peliagudo y confuso ya en el mismo planteamiento de sus promotores. Y las respuestas católicas también. De hecho, hay demasiadas contradicciones y equilibrismos en la llamada ideología «Gender», sobre la que Francisco sentencia: «Es inquietante que algunas ideologías de este tipo, que pretenden responder a ciertas aspiraciones a veces comprensibles, procuren imponerse como un pensamiento único que determine incluso la educación de los niños. No hay que ignorar que el sexo biológico (´sex´) y el papel sociocultural del sexo (´gender´), se pueden distinguir pero no separar». O también, como crítica: «La identidad humana viene determinada por una opción individualista, que también cambia con el tiempo». En efecto, inquietante es la palabra.

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