La Mirilla

La vida adulta

13.04.2016 | 05:00

Estar cansado tiene plumas» ,escribió Cernuda. Quizá hoy añadiría que la democracia agota. Después de un centenar de días de cortejo en los galpones y asaltos descreídos a las ruedas de prensa, la única conclusión irrefutable de todo el embrollo electoral es que el personal está harto y que la abstención, de repetirse las elecciones, puede avanzar del modo en el que en general avanzan las cosas en España: por la vía de la inacción y la dejadez mayúscula. El asunto no aparece en el CIS, pero se intuye. Dentro de cada español hay un funcionario franquista de provincias que no soporta la heterodoxia y que estaría dispuesto a vender a su madre con tal de que no le molesten, lo que en política es sinónimo de que sigan siempre el PP y el PSOE. Empieza el español a pensar como el IBEX y a creer que cualquier novedad desmorona y empantana, aunque sea en puridad una, en teoría, de aspecto saludable. Por más que el vodevil se haya endemoniado con la tardanza, nunca antes en la historia había tenido la vida política mejor cachaza democrática, con hasta cinco partidos nacionales con un proyecto y una visión que excede los condicionantes territoriales. La imperfección del sistema electoral, apuntalado a conciencia en su día para neutralizar el voto cosmopolita de las ciudades, ha favorecido siempre que el Congreso se conforme con tres propuestas maduras y ceda el resto del espacio al oportunismo identitario y nacionalista, lo que hace que esta nueva posibilidad, que a muchos parece contrariar, sea realmente atractiva e insólita. La democracia, como todo modelo complejo, importuna y comporta obligaciones. Para el político es más difícil manejarse en un escenario que le obliga a buscar permanentemente alianzas, pero no existe en este sentido nada más limpio y genuinamente democrático que un sistema de representación plural, en el que no se pueda activar a la carta la apisonadora de las mayorías. Ganará el país, y mucho, si, con independencia de quien gobierne, las próximas elecciones deparan un nivel parecido de diversidad en las Cortes; a España, eso sí, le cuesta entenderse y quizá no haya asimilado todavía que su reflejo ya es mucho menos plano que en otra época, cuando con Pujol, Felipe, Fraga y Anguita se podía contar el país al detalle. Benditas complicaciones si la consecuencia es aprender a tolerarse y hacer al fin adulto el salto a la democracia.

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