Tribuna

Buenismo

14.04.2016 | 05:00

Se conoce por buenismo al modo de abordar los problemas sin resolverlos y preferir la forma al fondo. Se ha extendido mucho esta corriente, y no solamente en el ámbito político. Todos sabemos de personas que lo fían todo a un hablar susurrante o a palabrería fina que encubre propósitos infames. En el ámbito profesional, esta manera de actuar se traduce muchas veces en la búsqueda de decisiones que persiguen ante todo una buena imagen, aunque los asuntos continúen inexplorados o se penalice cualquier intento de solución sensata, en especial cuando no garantiza el completo éxito.

El buenismo encuentra en el lenguaje políticamente correcto un inmejorable vehículo para su expansión. En esta jerga, está proscrita cualquier alusión a cuestiones negativas, aunque existan y deban necesariamente enfrentarse. Para el buenismo, no existe el mal y, de existir, resulta desaconsejable cualquier tipo de corrección, porque lo que prima aquí es la realidad naïf y nunca la del responsable que trata de hacer las cosas como se debe, quien se convierte en este contexto en pieza de caza mayor, curiosa contradicción de este actual método de pensar y actuar, que nunca tiene reparos en dejar de lado el buenismo frente a quienes lo amenazan.

Una interpretación populista y superficial del cristianismo, unido a un pensamiento único de componente esencialmente comercial o de apariencia, convierten al buenismo en delicado trastorno de nuestras sociedades, con creciente presencia en todos los terrenos. Desde temprana edad escolar, se enseña a nuestros niños a progresar adecuadamente aunque no se superen unos mínimos objetivos, y la ausencia de normatividad en la familia o en la calle es observada como manifestación genuina de una pésima educación, lo que conduce con el paso de los años a largas listas de espera en los centros de salud mental o al desabastecimiento de medicación para los trastornos de comportamiento.
En el ámbito público, el buenismo se identifica con proponer lo que se quiere escuchar, nunca lo que procede hacer. En esconder la intención que se pretende con ropaje de ingenuidad cool o moderna. En hablar siempre del presente, olvidando que hoy es ayer y que mañana llega en horas. En manifestar obviedades como si fueran relevantes axiomas y en informar de océanos que llevan siglos descubiertos.

Claro que el sentimiento optimista es una de las más poderosas claves de nuestra existencia y entorno social. Pero acostumbra a alimentarse de realismo, sensatez y responsabilidad, un cóctel del que siempre sale lo bueno, algo tan alejado del buenismo.

Lo que se salga de ahí, como supervisar o escrutar nubes, está también muy bien, pero es mejor hacerlo en fin de semana.

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