360 grados

Los indignados franceses

14.04.2016 | 05:00

Materia para indignación hay más que suficiente en todas partes, gobierne quien gobierne: sean conservadores o se llamen socialistas como en Francia.

Desde que los liberales que marcan la agenda económica impusieron el mantra de la «falta de alternativas» a la política que ellos dictaban, la Unión Europea, y dentro de ella algunos países más que otros, no consiguen levantar cabeza.

Denigran los medios a su servicio a quienes se oponen a las que llaman eufemísticamente «reformas» y los tachan de nostálgicos de una «izquierda obsoleta, anacrónica», incapaz de adaptarse a los nuevos tiempos, que exigen del individuo flexibilidad y capacidad de inventarse a sí mismo continuamente.

Los sindicatos, aunque desde hace tiempo en claro declive, son la pieza que hay que abatir, acabando con los convenios colectivos, que en Francia y pese a el débil índice de sindicación, cubren a cerca del 90 por ciento de los asalariados, y proponiendo la negociación a nivel de empresa con el argumento de la «retórica de la proximidad».

Como denuncia la profesora de Ciencias Políticas de la Universidad de Lyon-II Triangle, Sophie Béroud, el presidente François Hollande, ha «ampliado aún más esa descentralización de la negociación hasta el punto de invertir completamente la filosofía del derecho laboral y verla antes que nada como un derecho de protección para las empresas».

La «reforma» propuesta por el Gobierno socialista del país vecino tiene como principal objetivo facilitar el despido, como ya ocurrió en España con la impulsada primero por el anterior gobierno socialista y ampliada y profundizada por el todavía en funciones de Mariano Rajoy.
Esas reformas hacen hincapié en la conveniente flexibilidad de las empresas a la hora de contratar o despedir al trabajador sin que, a diferencia de lo que ocurre por ejemplo en los países escandinavos, que se citan muchas veces como ejemplo, se den suficientes garantías a quien pierde su empleo.

La amenaza que todo ello supone para su futuro es lo que ha movilizado a miles de jóvenes franceses, que, a imitación de los «indignados de la Puerta del Sol», hacen asambleas en las calles y plazas de las principales ciudades, remedando incluso los gestos de manos de los españoles, para manifestar su protesta.

Se han lanzado a la calle los sindicatos estudiantiles y universitarios y al mismo tiempo también los grandes sindicatos de trabajadores como la CGT en un movimiento que ha ganado cada vez más intensidad y ha hecho recular en parte al Gobierno.

A la concienciación general ha contribuido un documental titulado Merci patron!, (Gracias, jefe) de François Ruffin, que trata de una pareja de obreros despedidos tras haber trabajado en una fábrica de confección del grupo LVMH, que decide deslocalizar la producción a Polonia: cosas de la globalización.

A raíz del estreno de esa película de éxito en el país vecino se lanzó el colectivo «Convergencia de luchas» con el objetivo declarado de hacer oír su «hartazgo de una política gubernamental que no ha dejado de recortar nuestros derechos sociales en beneficio exclusivo de los intereses del empresariado».

Los «indignados» franceses protestan no sólo contra la precariedad que amenaza cada vez más a los jóvenes, sino también contra las leyes antiterroristas del Gobierno, el tratamiento inhumano de refugiados y gentes sin techo, la corrupción de las elites, la alienación en el trabajo y las consecuencias nefastas de la globalización.

En algunas de esas reuniones ha tomado la palabra el conocido filósofo y economista Frédéric Lordon, miembro del grupo de los «Economistes Atterrés», que no ha querido, sin embargo, en ningún momento aparecer como líder de un movimiento que no quiere tenerlos.

El movimiento francés conocido como «Nuit debout» (La noche en pie) desde su gran manifestación en la plaza de la República quiere inventar «otro mundo» como el 15M español.

Pero, como afirma el sociólogo Albert Ogien, «fueron precisos dos años para que Podemos naciese de ese movimiento, tiempo en el que sus organizadores se dieron cuenta de que no conseguirían nada sin crear un partido político».

La pregunta es si tendrán los «indignados» franceses tanto tesón y paciencia.

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