La Mirilla

Sonrisas de portada

Ver por fin a Alejandro y a sus padres sonrientes merecía una portada y una página completa para contar la historia de su "ángel"

14.04.2016 | 00:45

Noticias como la que ayer llevaba en su portada este periódico no son habituales. Los titulares suelen contener palabras como corrupción, polémica, acusación, desacuerdo o conflicto. Pero pocas veces los periodistas podemos contar y destacar historias de salvación como la que hoy también pueden leer unas páginas más adelante. Ver por fin a Alejandro y a sus padres sonrientes merecía una portada y una página completa para contar como un «ángel» anónimo se ha ofrecido a regalar una casa a esta familia que llevaba 13 años pidiendo al Ayuntamiento de Málaga y a la Junta de Andalucía que les trasladasen a un piso en planta baja para que Alejandro, que padece una parálisis cerebral, dejase de estar secuestrado en un primer piso de dos alturas y sin ascensor. El mejor regalo que podían hacerle a unos padres que ayer recibían la visita de medio barrio de El Perchel para felicitarles por la noticia. Alegría compartida de la que fue testigo mi compañero Alfonso Vázquez, autor de la noticia, que ayer daba en la clave al comentar la importancia de hablar cara a cara con la gente para ser consciente de situaciones tan dramáticas como la de la familia Navarro Sarmiento. Desconozco si los políticos a los que acudieron pidiendo ayuda durante los últimos 13 años tuvieron contacto directo con ellos. Pero si hubiera sido así, más grave aún me parece que en todo este tiempo no hayan sido capaces de apreciar la magnitud del problema y ponerle solución. No hay excusas que valgan. Al empresario de Ibiza que se ha ofrecido a ayudarles le bastó leer la noticia a través de la edición digital de este periódico para conmoverse y pasar a la acción. Es cierto que todos estos años de crisis nos han saturado con pequeños y grandes dramas, pero tal vez la satisfacción que produce leer una noticia como ésta debería bastar para recordarnos la importancia de mirar más allá de nuestro ombligo o de la pantalla del móvil. Hablar con las personas, escucharles, mirar de verdad y no sólo de refilón, estar vivos de verdad y no sólo parecerlo.

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