Tribuna

Lecciones de ética de los corruptos

15.04.2016 | 05:00

Tuve un profesor de sociología en Ciencias Políticas que hizo de la ética casi el argumento principal de sus clases; de la ética y la polis. Del profesor Garagorri aprendí que la ética es una actitud personal para llevar la cabeza alta, así de simple. Y quien permanece en el poder años y años, termina por crear una costra que hace impune a algunas personas, al parecer tocadas por el halo de creerse superiores a los demás. Era una forma de explicar sin que tuviera que intervenir el policía-chivato que asistía a sus clases de cómo Franco y algunos adláteres abusaban del poder, en este caso dictatorial. Peor es cuando la corrupción anida en la democracia porque, en este caso, se aprovechan del voto recibido del pueblo. Dame tú voto que yo sabré enriquecerme. «Estoy en la política para forrarme», frase atribuida a Eduardo Zaplana, que fuera presidente de la Generalitat valenciana, la mayor e inmunda cloaca del Reino de España.

Si en la dictadura había tres cosas vedadas a los periodistas, como un campo de minas (Ejército, Iglesia y asuntos de la bragueta) al menos en democracia no hay impunidad, salvo la aplicación de la ley a la que todos estamos sometidos. Bien es verdad que hay diversos grados y si quien la hace la paga, no siempre se penaliza por igual y de la misma forma. Llevamos años sumidos en una cascada de corruptos y de corruptores dónde la ética es un eufemismo e incluso ha llegado en algunos casos a que haya corruptos que alardean de serlo llamando a los ciudadanos tontos y gilipollas porque no tienen sociedades en paraísos fiscales, no han metido la mano en las arcas públicas o no se forran con las comisiones que apalabran pelotazos urbanísticos. Los corruptos, los que engañan al fisco, los que mueven millones en paraísos fiscales y roban hasta dinero destinado a obras sociales aparecen, muchas veces, como héroes mediáticos, salvadores de la patria y llamados a adoctrinar desde el púlpito de la decencia en aplicación de la filosofía aristotélica de que la ética es alcanzar la felicidad, al precio que sea. No puedo evitarlo pero se me revuelven las tripas cuando oigo pontificar decencia a personajes tales como Francisco Granados, Ignacio González, Mario Conde y otros de semejante ralea.

Me llevan los demonios y supongo que a usted, querido lector, le pasará igual cuando vemos a estos personajes dándonos lecciones de ética y moralidad. Realmente lo que pretenden es decirnos que todos los demás, los que no hemos metido la mano, ni estamos en los papeles de Panamá, ni en las cuentas opacas de Suiza, ni en las Islas Vírgenes, que tampoco tenemos padres y suegros a los que culpar, somos unos mindundis y gilipollas que vamos por la vida con la cabeza alta, pero sin oficio ni beneficio; honrados, sí, pero mire usted yo me pasaré unos añitos, los menos posibles en la cárcel, pero me lo he llevado caliente. Usted es un tonto y encima me vota.

Yo recuerdo asombrosas intervenciones en radio, televisión y dispongo, además, de una considerable hemeroteca de quienes, en uso a esa ética, son capaces de salir dándome no pocas lecciones de moralidad tal cual recuerdo a José María Aznar (cogido in fraganti por Hacienda), de Ignacio González (con ático panameño), de Francisco Camps (trajeado de por vida), de Fabra (con aeropuerto para peatones), de Mario Conde, con sus pitufeos y de tantos otros de los que siento asco por hacer de la política el «camino» ético para forrarse. Los más reciente: quienes salen en los papeles de Panamá (el ministro Soria y otros (as)) o el alcalde de Granada Torres Hurtado, que lleva 37 años a lomos de la política y siempre con las bendiciones de Javier Arenas, su eterno valedor. Torres Hurtado, al que sus compañeros del PP le tildan de mentiroso compulsivo, ya nos habla de circo, como en su día hiciera Carlos Fabra antes de entrar en prisión. Soria miente, Torres Hurtado, miente. La ética y el honor por los suelos, pero no les importa.

Con este panorama nadie quiera sentarse con Rajoy para formar gobierno. El Partido Popular es, hoy en día, un campo de minas. Es el Gobierno de la Vergüenza y como tal está condenado a una profunda regeneración y como ya piden algunos históricos dirigentes, llamado, lo quiera o no, a la necesaria refundación. Si quiera sea para mandar al cementerio de elefantes a quien sigue alardeando de no enterarse de nada, o sea, don Mariano Rajoy.

P.D.– (1) No acepto el ensañamiento con quien fue alcalde de Jerez, el andalucista Pedro Pacheco. Por cosas más gordas vemos a quienes pasean su jeta por las televisiones, se sientan en el Congreso o el Senado. Pacheco dijo aquello de que la justicia era un cachondeo y lo sigue pagando.

(2) Un canónigo, que no quiso ser obispo, dio ayer con sus huesos a donde todos estamos llamados. Me refiero a Miguel Castillejo que fuera presidente casi vitalicio de Cajasur, todopoderoso hombre al que rendían pleitesía y honores quienes buscaban créditos fáciles. Descanse en paz, porque en la tierra no la tuvo.

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