El contrapunto

El silencio dorado

Nos contaba el maestro Huxley su horror cuando el cine mudo –que le encantaba– cedió su glorioso trono al cine hablado. Aunque las antiguas películas mudas solían ser acompañadas por un pianista

16.04.2016 | 05:00

Fue éste uno de los ensayos que Aldous Huxley publicó en 1929. A la prosa de Huxley en aquellos años de juventud le ocurre lo que a los licores y a los vinos excelsos. El paso del tiempo los ennoblece. Probablemente El silencio dorado es uno de los mejores ejemplos. Es probable que ese texto, por su belleza y su gloriosa complejidad, apenas podría ser entendido y mucho menos apenas podría ser apreciado hoy en día por un lector de habla inglesa, no importa de qué lado del Atlántico.

Nos contaba el maestro su horror cuando el cine mudo –que le encantaba– cedió su glorioso trono al cine hablado. Aunque las antiguas películas mudas solían ser acompañadas por un pianista. O peor todavía: un grupo de jazz. La verdad es que de vez en cuando una música amable y civilizada podía ser una muy digna acompañante de la lectura en silencio de los textos que permitían a los espectadores de aquella época descifrar e incluso adornar en su imaginación los diálogos de los personajes que aparecían en la pantalla. Siempre sería temible un acompañamiento musical desafortunado. Y el horror se convirtió en tragedia cuando llegaron las «talkies», las películas habladas. Cuando las voces de los actores, no siempre atractivas, declamaban los frutos del guion, no siempre acertado. Y no siempre dignos del milagro del lenguaje articulado de los británicos, prodigio que tanto veneraba el irlandés George Bernard Shaw, invocando las glorias de Shakespeare, Milton o los esplendores de la Biblia del Rey Jaime.

Ayer estuve en un conocido supermercado de Marbella. Suele ser un lugar civilizado. Esa feliz mezcla de nacionalidades tan habitual en mi pueblo nos ha enseñado a ser amables y tolerantes los unos con los otros. Ayer fue una excepción. Un cliente, mientras buscaba en las estanterías las mercancías anotadas en su lista de la compra, hablaba a voces de negocios por el micrófono que llevaba instalado a unos centímetros de su boca. Su interlocutor era un subordinado de su entorno empresarial, sin duda ubicado en algún lugar lejano. Gesticulaba con violencia nuestro personaje y era obvio que echaba de menos una mesa de despacho a la que necesitaba golpear con sus puños. Era un espectáculo que podía haber sido cómico para los que intentábamos hacer nuestras compras cotidianas. Lo hubiera sido desde luego en una escena del cine mudo. Con sonido aquello era repulsivo. Nuestras portentosas tecnologías una vez más se convertían en pedestales y canalizadores de la estupidez. Tenía razón Huxley. Lo peor estaba todavía por venir.

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