Columna abierta

Las culpas inútiles

19.04.2016 | 05:00

¿Quién ha tenido la culpa de provocar nuevas elecciones? El discurso patrio parece anclado en esta interrogación, tan profunda que no interesa a nadie. Entre todos han matado una opción de gobierno, cualquiera de las dos posibles, enredando los hilos de las parcas y las normas hasta que los rompieron. La estrategia del PSOE quedó en el aire, la del PP arreció en sus invitaciones arrogantes a pasar por el aro de la gran coalición y Ciudadanos espera cortar el sabroso cupón de unos dividendos que tampoco le darán liderazgo. En cuanto a Podemos, gran hermano del cambio televisivo, bajar a la realidad delata una bisoñez que puede aplazar sus chances gubernativas por una o dos legislaturas. Los «inscritos» votan lo obvio –ya se verá si las «confluencias» prefieren grupos parlamentarios propios– pero tampoco suman por sí solos ni agregando la izquierda clásica. La novedad del mensaje quedó contaminada de marrullerías viejas que siembran la alarma entre los simpatizantes sociológicos.

El mapa político sigue como estaba y sería un milagro que unos u otros abriesen fronteras «in extremis» para evitar las urnas. Por eso es menos importante decantar las culpas que preguntarse qué puede pasar con la reedición electoral y, sobre todo, con la no descartable repetición de los resultados. España está en la cuerda floja, con un gobierno en funciones que rechaza el rendimiento de cuentas parlamentario y favorece a su pesar las «desconexiones» territoriales. Europa es una olla que se desborda en la contención del escepticismo, la cobardía de las políticas solidarias y los quebrantos del euro –única argamasa– para resistir al dólar.

Y el mundo es lo que vemos: enfrentamientos armados y diplomáticos, terrorismo pseudoreligioso, corrupción de los viejos estados (capitalistas y comunistas), dicotomías de ricos y pobres por eliminación de las clases medias, amenazas de guerra fría y emergencia incontenible del llamado tercer mundo con el señuelo del bienestar. Carecer de un gobierno y dilatar los paréntesis de vacío puede no ser grave en circunstancias menos expuestas, pero lo es mucho en estas coyunturas de inestabilidad general. Cuando la preocupación del ciudadano supera la del dirigente, el problema reviste una gravedad extrema. Regodearse del fracaso de un intento de mayoría para gobernar con razonable autoridad democrática revela una frivolidad sinceramente aflictiva. Los sondeos la verifican a diario y las urnas van a constatarlo en la cuota de abstención. Esta culpa sí merece ser tomada en serio.

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