Crónicas galantes

Iglesias y el toreo en los medios

24.04.2016 | 05:00

Considera el profesor Pablo Iglesias que los periodistas tratan muy mal a su partido; pero eso debe de ser que no ve mucho la tele. De lo contrario ya habría advertido que tanto él como los más destacados miembros de Podemos salen día sí y día también en pantalla desde hace un par de años. Y es dudoso que se traten mal a sí mismos en esas tenaces comparecencias ante la cámara.

Podemos ha sabido convertirse en el cauce del cabreo nacional –o plurinacional– de España, pero difícilmente podría haber alcanzado en poco más de año y medio la posición que ahora ocupa en el Congreso de no estar toreando en los medios. El Frente Nacional francés, por ejemplo, tardó lustros en adquirir su actual cota de mercado en las urnas por la mera razón de que las teles y los periódicos no les dan ni agua a los de Marine Le Pen.

Las teles gobernadas en España por un duopolio italiano dan en realidad mucha más caña al partido de Rajoy que al de Iglesias, pero eso es lo de menos. Marshall MacLuhan, el primer teólogo de la televisión, descubrió hace ya un montón de años que lo importante no es quién –o qué– sale en pantalla, sino la simple circunstancia de aparecer en ella. La tele, gran factoría de realidad, ha demostrado sobradamente que es capaz de crear de la nada a Belén Esteban y tantos otros personajes que son famosos porque salen en la tele y luego salen en la tele porque son famosos.

Quizá el líder de Podemos no pueda advertir esto por la razón de que su constante presencia en los estudios le impide estar ante la cámara y verse en la pantalla al mismo tiempo.

De ahí que la haya tomado con los periodistas, en la convicción de que se limitan a ejecutar las órdenes dictadas por el gran capital para desacreditar a su partido. El oficio del periodismo está en vías de extinción, según el parecer de algunos gurús del ramo; así que tal vez sobre darle empujones al agonizante, como ha hecho Iglesias. Aunque luego se disculpase, todo hay que decirlo.

Lo paradójico del asunto es que hayan sido precisamente los plumíferos –detestados acaso con razón por el líder de Podemos– quienes sacaron a la luz la mayoría de los escándalos y corrupciones que afligen a este país, ya desde los tiempos algo remotos de González. No hará falta recordar que los Papeles de Panamá, tan escasamente gratos para las gentes del establishment, fueron aventados por un consorcio internacional de periodistas de investigación. Ese es, en teoría, el papel de la prensa dentro de un sistema democrático; pero hay quien no lo ve así y está, naturalmente, en su derecho.

Existen otros sistemas, desde luego. El leninismo, reivindicado por Iglesias en su versión «amable», aboga por que el Estado controle y maneje los medios: ya sean los de producción o los de comunicación. El viejo Lenin no se cortaba ni un pelo en admitir que la democracia burguesa –tan abundante en Kerenskys– es un simple medio instrumental para el objetivo supremo de la conquista del poder. Una vez cumplida su función de pañuelo desechable, se prescindía de ella y a otra cosa.

A quienes descreen de la democracia como método civilizado de convivencia les sobran, lógicamente, las elecciones, los jueces, la oposición y –por supuesto– la prensa, que siempre está metiéndose donde no le llaman. Pero Iglesias, que torea casi a diario en los medios, ya ha dicho que ese no es su caso.

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