Cartas al director

27.04.2016 | 05:00

La Iglesia y el control, por Gerardo Hernández Zorroza
De chico, debía acudir a confesar semanalmente mis «pecados» al sacerdote para poder recibir luego a Cristo-Dios en comunión, no sin antes, claro, haber guardado ayuno y no me acuerdo cuántas otras cosas más. Teniendo ya 14 años, sin embargo, decidí afrontar mi pasado sacrílego –porque comulgar en pecado lo era, y servidor le ocultaba al cura su despertar sexual–, confesar y descargar, como no sabe nadie, la losa de mi culpa. Después vinieron años, bastantes, de aplicado «cumplimiento» con la Iglesia, eso sí, desde la heterodoxia, hasta que me fui informando y comprendiendo las cosas, saliendo así de su engaño. Especialmente en lo referente a Jesús el Galileo. La «misión», no confesa, de la Iglesia –y lo digo a pesar de haber conocido dentro a muchas buenas no, buenísimas personas– no es espiritual como pregona, ni de liberación del ser humano y sus ataduras, sino de colaboración con el poder establecido, para el control y condicionamiento –sería largo de explicar– de la masa de fieles, a los que se instruye en la adoración de un Dios que culpa y juzga, que premia y castiga. Curiosamente igual que ellos, sus representantes habilitados, han enseñado a hacer a sus fieles. Y si es cierto que esta Iglesia, modernizada como la ven algunos, confía en el ser humano, en su sabiduría interna y su capacidad transformadora de la realidad, no entiendo por qué es necesaria tanta jerarquía y tanto control, ni por qué para tan corto viaje se necesita tanta alforja.


España, sin cristianos, por Martín Sagrera
Azaña se equivocó cuando dijo su famosa frase de que España había dejado de ser católica. Tendría que haber leído el libro ya entonces publicado por el jesuita –eso sí, francés- P. Plus: Católicos ¿somos cristianos?. Porque la fuerte influencia judía, musulmana y pagana de los católicos españoles, patente en su identificación antievangélica de la Iglesia con el Estado, han hecho que –entonces, e incluso hoy– España sea demasiado católica, es decir, en ese punto clave, demasiado anticristiana. Baste una prueba, general y oficial, para probar que hoy en España no hay ni un solo cristiano, al menos con una mínima influencia para poder llevar a los tribunales a la Iglesia católica por robar y violar la conciencia de la gran mayoría de sus ciudadanos. El sarcásticamente llamado «impuesto religioso» lo escogen menos de un tercio de los ciudadanos. Pero como no pagan nada por ello, los centenares de millones que saca así la Iglesia católica, que no cristiana, los roba del bolsillo de los otros dos tercios de españoles y violando su conciencia, con la complicidad necesaria de un Estado prevaricador contra nuestra Constitución aconfesional. Si hubiera algún cristiano de verdad, se negaría a ser cómplice, por acción u omisión, de ese doble delito.

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