El Palique

Feria del Libro y trufas

08.05.2016 | 05:00

Sabe muy bien la cerveza después de la Feria del Libro. El primer trago, no exento de espuma, es corto y uno juraría que nos cambia la visión de la ciudad, con toda la mar enfrente. Se diría que ahora es ciudad violeta. Refresca y estimula como prosa de Juan Gaitán. La aceituna correspondiente nos trae recuerdos como magdalena de Proust, pero también nos proyecta a lo mucho que aún promete el día, soleado y casi festivo. Plena de abrevaderos. Expectativas. ´Vidas prometidas´, que diría Guillermo Busutil. Con el gaznate complacido y la lengua ligeramente salada, uno abre la bolsa con los libros adquiridos. Ahí están la última, de espionaje y Cesid y conspiraciones, de Fernando Rueda; La chica de los ojos manga, de José Antonio Sau; ese homenaje de amor y odio al padre, prosa poética cargada de futuro de Jesús Aguado o ´Apóstoles y asesinos´, fascinante historia sobre Salvador Seguí, un anarquista, situada en la Barcelona del pistolerismo y que al fin pudimos adquirir después de que hace un par de domingos nos gastáramos el dinero destinado a ella en ´Esa puta tan distinguida´. Que no es la definición de lo que hicimos con nuestro capital ese día, y sí el título de la novela de Juan Marsé.

No falta en nuestra bolsa una recomendación de Muñoz Molina, ´La España vacía´, del periodista Sergio del Molino (blog muy interesantón) que abrimos al azar y nos resulta tan cautivante que no tenemos más remedio que pedir otra caña para degustar ese capítulo en el que va narrando como todas las lenguas europeas, inclusive algunas remotas, tienen un vocablo común o muy parecido para designar el tenedor. Salvo España, que tiene ese mismo vocablo, forca, pero para nombrar a lo que es un tenedor gigante, o sea, el de madera usado por las gentes del campo para, por ejemplo, remover la paja. El que quiera la conclusión de esto haría bien en comprar el libro. Tanto tenedor nos da hambre, no sólo de leer.

Echamos a caminar entre desconocidos que también portan libros o sueños o pleonasmos, tal vez epitalamios o pesadillas con la hipoteca o relatos maximalistas con influencias nórdicas o peras de agua; gentes a las que no tenemos que saludar y que miran barcos tal vez soñando con una vida más navegada o navegable, ajenos a la idea de que la huida hacia el norte, tierra firme, también es posible. No encadenan los límites, ni la geografía y sí uno mismo porque en algunas jornadas parece que nos hemos puesto cadenas o plomo o anclajes a la rutina en lugar de un pantalón y una camisa. Dan ganas de leer toda la tarde con mucha cerveza y sestear de cuando en cuando, estrellar contra la pared un libro si es malo, situar en anaquel preferente el que nos conmueve o ladrarle al que es largo sin necesidad o nos conmina a una vida áptera. El cielo amenaza letras y buscamos refugio en una librería. Pedimos una cerveza. La confusión es grande en el librero. Ofrece trufas.

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