Tribuna

Trumbo contra Trumbo

09.05.2016 | 05:00

Estar en contra de tu esposa, a quien los bárbaros extranjeros le han robado su apellido para darle el tuyo (Kramer contra Kramer, Dustin Hoffman y Meryl Streep), para litigar sobre la custodia legal de un hijo, no es lo mismo que estar en contra de uno mismo, y esto es lo que ocurre si se contrapone la gran personalidad del guionista Donald Trumbo con el personaje que lo representa en el filme Trumbo, la lista negra de Hollywood, ahora en cartel. La gran calidad de la película en nada desmerece –salvo en el final– por no coincidir exactamente con la biografía de aquél, pues el arte cinematográfico justifica la modulación de la realidad, para hacerla más atractiva al espectador. Estas líneas no pretenden entrar en los detalles del relato, para no desvelar en exceso el argumento.

Trumbo es la historia de uno de los diez guionistas que en la época del macartismo en EEUU se opuso a los recortes de las libertades, a la vulneración de la Primera Enmienda y a la persecución de los rojos. Él mismo, que vivía en Los Ángeles, fue encarcelado en Ausland (Ky) –en la otra punta de los Estados Unidos– «por desacato al Congreso» y por la delación de uno de los suyos. Se le impidió dar su nombre a sus excelentes guiones, que tenían que firmar otros; su esforzada entrega a su trabajo le creó distancias con su familia. La personalidad valerosa de Donald radica en que era a la vez radical y rico, que arriesgó su libertad, su bienestar y el de su familia, y su profesión, por causa de la justicia y del bien general en contraposición con el pesimista principio soviético de que la ideología proviene siempre del "status". ¡Un soplo de aire fresco! La excelencia del filme está en la dirección, el guión, los diálogos, la ambientación, los artistas, y no sólo los tres protagonistas, Bryan Crawston, como Trumbo; Diana Lane, como su atractiva esposa, Cleo, y Hellen Mirren, como la poderosa locutora y publicista prosistema, que podía hundir a cualquiera a través de los medios, sino también todo el elenco, hijos, amigos y enemigos de Donald; con gesto y expresión bien ajustados.

La película es una joya de ingenio; con escenas de gran crudeza, como el ingreso de Donald en la cárcel; pero pese a la tensa realidad, abundan los diálogos ingeniosos y divertidos, propicios a la sonrisa y a la risa. Es una gran película, entretenida y divertida, lo que no empaña el mensaje de fondo. Durante el cuarto de siglo que duró el macartismo (la caza de brujas) pasaron presidentes como Truman, Eisenhower y Nixon; hubo de llegar Kennedy, quien en 1975 elogió públicamente aquel filme, El bravo, cuyo guión mereció un nuevo Oscar para Trumbo, pero esta vez ya no fue como el negro, sino como el autor.

Puede decirse que aquí acaba el filme en el que la persona de Trumbo no podría estar a la altura de la película de su nombre. Sin embargo, en una especie de epílogo de cinco minutos cambian las tornas. A Donald Trumbo la Asociación de Escritores de América le concedió el premio del año. El discurso del premiado pareció estar en las antípodas de la persona de Donald, al decir que en aquel proceloso período –que llama «los tiempos oscuros»– no hubo buenos ni malos. Del discurso se puede entender que América y el mundo habían entrado en los años luminosos, cosa que la realidad desmiente. En este epílogo del filme ganan por goleada la honestidad, la veracidad y el valor de la persona del guionista Donald Trumbo, que jamás hubiera pronunciado tal «patriótica» y lacrimosa alocución.

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