Las siete esquinas

La buena política

13.05.2016 | 00:50

El otro día estuve en una comida con gente muy diversa. Había un profesor de instituto que en sus horas libres rueda con sus alumnos una película de zombis (en su película, los humanos se comen a los zombis, lo que al paso que vamos quizá sea una profecía del negro futuro que nos espera). También había un maestro que se dedica a hacer de cuentacuentos porque intenta inculcar en los niños el amor por las palabras («Algo que se ha perdido por completo», me dijo, «y la escuela y sus pésimos métodos pedagógicos tiene mucha culpa de ello»). También había una editora y un empresario, un aspirante a actor que sólo tenía 15 años y trabajaba con el cuentacuentos haciendo de aprendiz, y varios poetas, y dos niñas pequeñas (una jugaba a hacerse fotos, la otra leía un libro de poemas infantiles), y más gente que no consigo recordar porque éramos muchos a la mesa. Antes de que empezásemos a comer, alguien suplicó que no hablásemos de política. Y entonces se produjo una reacción unánime en toda la mesa: «No, no, por favor, nada de política. Estamos todos muy hartos». Y así se hizo. Nadie habló de política.
¿Por qué ocurre esto? No lo sé. Si bien se mira, hace medio año todo el mundo habría estado hablando de política, y además sin parar. Pero ahora parece que la cosa es distinta, y quizá eso no sea malo. Un signo de las sociedades poco maduras y en el fondo infantiles –y la nuestra lo es– es el excesivo protagonismo que se le da a la política y al papel que ocupa en nuestras vidas. Porque aquí estamos convencidos de que la política puede arreglarnos la vida –o destrozárnosla–, porque le atribuimos poderes taumatúrgicos que en realidad ningún político tiene ahora ni ha poseído jamás en un estado democrático (otra cosa, claro está, son los dictadores). Y por eso, muchos de nosotros creemos que la política nos puede conseguir trabajo, o hacer triunfar en la vida, o facilitarnos una carrera artística –si nos dedicamos a las artes–, o cosas más modestas como garantizarnos una pensión digna u obtener un puesto en la Administración. En las sociedades maduras –que son muy pocas– se sabe que todas esas cosas dependen mucho más de los méritos y de las habilidades de cada uno; pero aquí estamos convencidos de que no es así, ya que la política debe ocuparse en buena medida de solventarnos la vida. Y eso pasa también en toda la cuenca del Mediterráneo, desde Turquía hasta Portugal, porque en todos estos lugares el Estado ha pasado a desempeñar el papel que hace varios siglos le correspondía a Dios y a sus emisarios naturales, es decir, la iglesia, el Rey, la aristocracia y los correspondientes caciques locales. Y nos guste o no, los ciudadanos de estos países nos comportamos ante la política y los políticos como los pobres pastorcitos de Fátima ante la Virgen: nos ponemos de rodillas, agachamos la cabeza y empezamos a rezar, es decir, a pedir.

Esta fe ilimitada en la política y en su capacidad de influir en todos los aspectos de la vida tiene consecuencias muy negativas. Ante todo, porque sobrevalora –y peor aún, mitifica– las posibilidades reales que tiene un político de cambiar las cosas o de reconducir situaciones extremadamente complejas. Y en segundo lugar, porque va inoculando la idea de que los ciudadanos no tienen nada que hacer –o tan sólo lo mínimo– porque ya se encargará el Estado de ocuparse de todo. Y todo eso, por supuesto, es un error que sale muy caro en términos de desafección contra los políticos, sobre todo cuando las cosas no son como habíamos esperado. Porque entonces la misma fe irracional que habíamos depositado en los beneficios de la política se convierte en un odio igualmente visceral que nos hace dudar de todo el sistema democrático por igual, al que acabamos culpando de habernos traicionado o de habernos causado una afrenta personal, como si de un modo u otro los políticos fueran los culpables de nuestros fracasos y de nuestros errores personales.

Y ahí es donde aparece el gran problema de nuestro país, que no es otro que la absoluta ausencia de realismo político. Porque el margen de maniobra de los políticos para manejar la economía –que es la cuestión fundamental para la vida de los ciudadanos– es muy limitado, y por mucho que prometan y prometan, a la hora de la verdad tienen las manos atadas. Las varitas mágicas no existen, aunque todos nosotros hayamos interiorizado la idea de que los políticos –o mejor dicho, nuestros políticos, los políticos con los que nos identificamos– tienen una varita mágica que va a solventar todos los problemas: crear empleo, aumentar el salario mínimo, proporcionar estabilidad, resolver «el problema catalán», en fin, cualquier cosa.

Pero esto –insisto– no es así. Los políticos van a remolque de complicadas situaciones internacionales y muchas veces apenas pueden hacer nada. Y si son buenos políticos –y así hay muy pocos–, lo único que se proponen es hacer unas pocas cosas que saben que está en su mano garantizar: intentar gobernar con austeridad y con eficiencia, ser lo más honestos posibles, y garantizar que los servicios públicos funcionen de la mejor manera posible, para lo cual también necesitan legislar de la mejor manera posible. Eso es todo. En cambio, aquí tenemos políticos que creen saberlo todo y que prometen tener una solución para todo, cuando cualquier persona en su sano juicio debería saber que eso no es verdad. Y son esos políticos los que nos han llevado a odiar la política y a suplicar en las comidas que nadie hable de política. Aunque todos sepamos que el futuro que nos espera, si las cosas no mejoran un poco, se va a parecer mucho a una película de zombis, sólo que los humanos tendremos que comernos a los zombis, y no al revés, como se cuenta en la película que ese gran profesor está haciendo con sus alumnos de ESO.

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