Crónicas galantes

Si quiere derecha, vote izquierda

Obligada por las circunstancias a aplicar los remedios típicos de la derecha, la izquierda ha acabado por sembrar la perplejidad entre su clientela, que estos días protesta indignada en Atenas y París

14.05.2016 | 05:00

Si usted quiere una política de mucha austeridad y poco gasto, lo natural es que vote a la derecha. Pero también puede obtener el mismo resultado si vota a la izquierda, como estos días demuestran los ejemplos de Alexis Tsipras en Grecia y de François Hollande en Francia. A los dos se les ha puesto cara de Rajoy. O de Merkel.

El neocomunista Tsipras, antaño látigo de la troika y de los mercados, acaba de aprobar una rebaja de hasta el 27% en las pensiones y, de propina, una subida general de impuestos a los griegos. Sus votantes le habían llevado al gobierno para que hiciese lo contrario, ignorando quizá la primera máxima de la política. Aquella que sostiene que antes de meter (el voto en la urna) conviene hartarse a prometer; y después de metido ya se verá si se cumple algo de lo prometido.

Lo mismo ha hecho en Francia el socialista Hollande, famoso seductor de señoras y electores. Hollande le ganó la presidencia a Sarkozy con un tradicional programa de izquierda basado en crujir a impuestos a los ricos, frenar privatizaciones, invertir en lugar de recortar y adelantar la edad de jubilación a los sesenta años. En su caso sí cumplió con la mayoría de esas promesas, aunque el flojo resultado de su aplicación le obligue ahora a cambiarlas. Para empezar, los ricos no tardaron en llevarse su dinero fuera del alcance de Hacienda y hasta en adquirir –como Gerard Depardieu– otras nacionalidades.

A esa fuga de capitales se sumó el mayor gasto en pensiones derivado de la jubilación a los sesenta y el escaso atractivo del mercado laboral francés para los inversores. Los números de la economía empezaron a pintar mal incluso en la poderosa Francia, de tal modo que a Hollande no le quedó otra que nombrar primer ministro a Manuel Valls –un socialdemócrata tirando a conservador– para que le ajustase las cuentas. A cuenta del bolsillo de los ciudadanos, naturalmente.

Cuatro años después de su elección, el presidente francés le ha dado la vuelta como un calcetín a su programa electoral. Tanto, que acaba de aprobar a la brava un plan de reforma del mercado del trabajo inspirado en el que Rajoy aplicó en España. Antes ya había retirado, algo más discretamente, el impuesto de hasta el 75 por ciento con el que gravaba a los franceses más acaudalados.

Se diría que Tsipras y Hollande han descubierto al llegar al gobierno que la política acertada era en realidad la de sus contrincantes. Si un país no tiene dinero suficiente para el pago de sus facturas y, a mayores, está endeudado hasta la camisa, lo normal es que se vea obligado a hacer lo que dictan sus acreedores. Es lo que hay.

La conclusión de todo esto no puede ser más melancólica. Se vote a quien se vote, la política de todos los gobiernos va a ser al final la misma: tanto da si aquí o en Berlín. Obligada por las circunstancias a aplicar los remedios típicos de la derecha, la izquierda ha acabado por sembrar la perplejidad entre su clientela, que estos días protesta indignada en las calles de Atenas y París.

Será por eso que los alemanes, gente famosamente práctica, han dejado a un lado los remilgos y llevan años bajo un gobierno de coalición entre la izquierda y la derecha. Total, iban a hacer lo mismo por separado.

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