A media voz

De repente una gata

15.05.2016 | 05:00

En sus ojos turquesa se adensa el tiempo o se deshilacha en dirección a sus dulces eternidades misteriosas. En su piel blanquinegra el día y la noche, hermanadas de pronto tras varias cosmogonías persiguiéndose de horizonte en horizonte, dejan de perseguirse y se confían sus secretos milenarios. Menta, la gata de pocas semanas que merodea por la casa y, al hacerlo, la convierte en un centro del universo, se pone de perfil para retar a su sombra, se moja las patitas delanteras para limpiarse, se aquieta ronroneando en el regazo de mi hija mientras esta le lee los deberes del cole, sube y baja del sofá con gestos cada vez más precisos y confiados, juega con cualquier hilo, cable, cordón o lazo que le salga al paso. Menta, pura luz despierta (incluso cuando se ovilla en un sitio para dormir parece iluminada y atenta a lo que es como un pequeño buda), va encendiendo cada rincón con sus carreras y saltos, con sus giros y cabriolas, con sus arañazos de lana; y de paso a sus compañeros de piso, que gracias a ella sonreímos de pronto desde el mismo corazón de lo real.

Menta maúlla como un sabio hindú que recitara un mantra a la orilla del Ganges. Menta respira y se estira como una avezada profesora de yoga. Menta explora cada esquina y cada bajo de cada habitación como si buscara las fuentes del Nilo mientras se enfrenta a tribus desconocidas (las que forman las cajas, las estanterías, los cajones, los muebles, las patas de las sillas, los zócalos, las puertas, el tendedero, los cojines, las camas, los pies de lámpara) con serenidad y desparpajo. Menta, cuando se sienta sobre sus patas traseras ensimismada (ese abismo de no-pensamientos a los que se atreven los bebés y las secuoyas, las libélulas y los caballitos de mar, las montañas y los caracoles), recuerda a un lógico que tuviera en la punta de la lengua el silogismo clave para cerrar un sistema o a un científico a punto de hallar la ecuación que sostenga sin errores de cálculo una teoría definitiva sobre algo.

Menta, que ha llegado no sólo para quedarse sino también, y sobre todo, para mejorarnos a los que la usamos como excusa para holgazanear entusiasmados a su alrededor, va distribuyendo el espacio físico y el espacio emocional (el suyo y el nuestro) con milimetrías celestes, con la precisión de un ser llegado de lo alto, con una luz que uno sospecha que procede de las regiones angélicas. Menta es como un meteorito de alegría y de paz que hubiera atravesado el techo y que, en vez de destruir el hogar, lo hubiera embellecido y lo hubiera convertido en pelota, patio de recreo, sala de meditación, templo, selva, nave interestelar o barco de vacaciones. Menta, tan diminuta todavía, come, bebe, hace sus necesidades en la bandejita con tierra y todo eso, tan simple, es, gracias a ella, esencial, irrepetible, lejanísimo y muy próximo, el origen y el final de la historia, una carta de amor la la vida.

Una gata de no más de cuarenta días que parece, como el resto de sus congéneres (y perros, elefantes, águilas, abejas, salmones), saber lo que hay que saber de una vez y para siempre y lo contagia, a quien esté disponible para tan alta y sencilla enseñanza, sin aspavientos filosóficos ni tristes engreimientos humanos, demasiado humanos. Una porción de naturaleza que se despereza elegante al lado de uno mientras intenta finalizar un artículo sobre ese amor a la existencia que ella, Menta, despliega infinita, rotunda y generosa.

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