Crónicas galantes

Vuelve el Flower Power

16.05.2016 | 05:00

Porfiando en su propósito de epatar a los burgueses, un partido de la izquierda anticapitalista nos devuelve estos días a los entrañables tiempos de los hippies y su Flower Power. La diputada de la CUP Anna Gabriel ha declarado, en efecto, su preferencia por criar a los hijos en comuna y colectivamente como alternativa a los padres, que son un rollo y te exigen volver a casa antes de las tres.

Gabriel ha suscitado el previsible espanto entre las gentes conservadoras y aun entre muchas que no lo son; pero en realidad la suya es una idea bastante antigua. La pusieron en práctica, sin particular éxito, las comunas hippies que florecieron en la década de los sesenta; y antes ya lo habían hecho –con más seriedad– los socialistas israelíes en sus kibutz.

La tribu más rural que urbana de los hippies promovía la vida comunitaria como sustitutivo de la familiar. Libertarios y alérgicos a la política –a diferencia de sus inesperados seguidores de la CUP–, los hippies organizaron comunas en las que todos cuidaban de los niños a base de buen rollito y buena maría. Oponían el poder de las flores al de las armas, rehusaban el uso de electrodomésticos y acaso fuesen ellos los primeros en difundir las preocupaciones ecológicas que hoy forman parte del catecismo de todos los partidos.

Otra fórmula, algo menos radical, la ofrecieron en sus primeros años las comunas agrícolas –o kibutz– creadas en Israel por el sionismo socialista, aunque este tal vez sea un referente incómodo para la ultraizquierda de la CUP. Los niños vivían allí en estancias separadas, si bien por la noche pasaban a convivir con sus padres a la vuelta de estos del trabajo.

El experimento no resultó del todo mal, según un grupo de investigadores de la Universidad de Tulane, en Nueva Orleans, que se ocupó de estudiar sus efectos. Los niños criados en ese ambiente comunal –aunque bajo la tutela de sus padres– tendían a ser más solidarios que los educados en otros entornos más tradicionales. No obstante, las diferencias entre unos y otros eran más bien anecdóticas.

Sobre los rapaces que se criaron en comunas hippies no existen estudios similares, quizá por la efímera duración de aquel movimiento. Sí los hay, en cambio, sobre las tribus propiamente dichas a las que aludió la diputada Gabriel como guardianas colectivas de los niños.

Investigaciones realizadas en Mali revelaron que en este tipo de comunas tribales la mera supervivencia de los niños al cuidado de la colectividad depende, en realidad, de que sobreviva su propia madre. La selva y sus leyes no siempre son tan idílicas como las pintan las películas de Disney.

Los decadentes países occidentales han optado por métodos algo más caseros para no tener que buscarle alternativas a la familia como las que propone la diputada de la CUP. En los del sur de Europa son los abuelos, tíos y demás parentela los que acuden en apoyo vagamente comunal de los padres para atender a los críos; mientras que en los más ricos del norte, el Estado es el que se ocupa de proporcionar esas asistencias.

La de los hippies ya no parece ser ya una opción, salvo para los turistas que visitan en tropel la famosa comuna de Christiania en Copenhague. Corren, ya se ve, malos tiempos para el Flower Power e incluso para las tribus que tanto echa en falta Anna Gabriel.

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