Cuaderno de mano

El bosque de Sherwood

Estoy harto de escuchar a Juan Rosell trabajarse la normalización del esclavismo laboral

22.05.2016 | 05:00

El poder económico embrutece las neuronas y su testosterona seca el corazón. Ese tipo llamado Juan Rosell (un señor no ejerce el cinismo) lo ha vuelto a demostrar. Cada vez que abre la boca tengo más claro que no existe Dios. Tampoco la justicia poética. En caso contrario ya no sería presidente de la CEOE y un rayo del destino le habría colocado a las puertas del Averno del INEN. Eso y más se merece un tipo al que no se le desajusta la corbata cuando dice que «el trabajo habrá que ganárselo todos los días». Una perla del nueve a la que sumarle a su collar de palomo de cuello blanco otras como que: "«España necesita reformas que duelen pero curan, igual que la mercromina». «Aquí el subsidio dura hasta 24 meses y la gente encuentra trabajo milagrosamente cuando falta un mes o dos para agotar el subsidio». «A lo mejor habrá que pagar más impuestos y tener menos servicios, pero así es la vida». Y no sigo más currándome su curriculum de declaraciones en primer plano y con taje americano porque me sube la tensión, el ácido a la garganta y se me calientan los complementos circunstanciales de lugar. No digamos los adjetivos y los verbos intransitivos. En otro país donde no hubiese tanto temor a sublevarse desde la ética y la entrepierna ya lo habrían declarado, igual que yo, persona non grata.

No es para menos. En los últimos años de la crisis este patrono de la patronal quiere ganar un Goya rodando de nuevo La Ley del Silencio. Nos sueña convertidos en estibadores a los que escoger de madrugada y a diario (tú sí, ése también, aquel no, vosotros volvéis a quedaros fuera, mañana será otra oportunidad) en los muelles del miedo, y a navaja entre nosotros. No es el único. Otros que se dejan llevar por el ego y desprecian a los demás, al igual que él, opinan que la esclavitud es la mejor manera de innovar la competencia y la productividad. El eslogan Rosell para progresar un país a la sombra de Panamá y en el que lo ideal es echar a los trabajadores a pelear por un puesto en el que sobrevivir unas horas de arena y sudor. Lo suyo es un problema grave de actitud, de estilo y de formas. Poco le importan el respeto y a educación. No es el único. Enrocados en sus privilegios y autosatisfacción, los dirigentes del poder y los mercaderes del empleo nos reclutan, nos consumen o nos amontonan como latas vacías según los vértigos de la bolsa y sus personales efervescencias. De nuestro miedo han hecho su oro y han convertido el trabajo en cobarde. Nadie se atreve a defender su dignidad, y los derechos se traicionan o se les pone voluntariamente a mirar para abajo. Los héroes no existen. La resignación les pesa en los zapatos. Sólo aparece el valor y la unión se reclama cuando un día en rojo nos golpean el estómago avisándonos de que mañana nos liquidarán la lealtad, las esperanzas zurcidas o la entrega de los años. Sólo entonces se pelea a la desesperada por el sucedáneo de una paga, y oxígeno suficiente para resistir lo más posible la travesía del desierto.

1.300 euros netos al mes. El salario medio de los españoles reclusos del tiempo laboral, el oficial y el que muchos empresarios no declaran a la Seguridad Social. El último informe del portal de empleo InfoJobs certifica que el 13% de los trabajadores ajustan el hambre a los veinticinco metros cuadrados de los 700 euros por 40 horas semanales; que un 44% de los empleados entre 16 y 24 años gana menos de 1.000 euros al mes, y un 18% de las trabajadoras recibe este mismo salario frente al 9% de sus compañeros varones. Esta radiografía del mercado laboral deja patente que de los 18,6 millones de contratos firmados en 2015, el 35% fueron a tiempo parcial y el 92% temporales, y que el 12,5 de los asalariados están en riesgo de pobreza. También que más de 1.400.200 desempleados llevan más de tres años sin encontrar trabajo. Un 18, 2% frente a la media del 4,5% de parados de larga duración de la UE. Es evidente que el trabajo fijo ha dejado de existir dando paso al funambulismo y a la prostitución laboral. No es momento de que Rosell saque pecho exigiendo que el trabajo hay que ganárselo todos los días. El discurso de la política económica no es sinónimo de justicia ni de diplomacia social. Ya han oído a Aznar exigir más recortes y disciplina. Lo mismo que piensan los líderes alemanes decididos a multarnos por el déficit.

Nadie duda de que a los que nos gobiernan la pesadumbre y nos manejan como peones de su economía no les interesa ensalzar el valor del trabajo en lugar de convertirlo en mercancía o plusvalía. Precisamente lo que hicieron aquellos que saquearon la banca y los que reclamaron el abaratamiento del despido para crear empleo, como aquel otro tipo llamado Miguel Ángel Fernández Ordóñez. El director del Banco de España que se marchó con 95 días por año trabajado, cuando él mismo acordó en 2008 que cuando se fuese un alto cargo del organismo público sólo recibiría 45 días por año trabajado con un tope de 24 mensualidades, como si fuera un despido improcedente.

Es imposible no acordarse de los pro hombres ricos de las viñetas de El Roto, exhalando el humo de su filosofía cohíba y riéndose de nosotros. El término clave, tercera persona del plural pasada por la quilla, que ha partido España en tres. La clase Rosell y de la política de plasma que dice nosotros cuando en realidad quiere decir lo nuestro. La de la clase media borrada del mapa del bienestar, y la de la mano obrera huérfana de trabajo y a punto de fogata. Es decir, nosotros pero sin lo nuestro. Víctimas de la ideología que ha dibujado las coordenadas restrictivas de nuestra pobreza, mientras ejercía el cinismo político, empresarial y ético del que vamos descubriendo sus cajas negras sin que nunca suceda nada. No sólo no van a la cárcel ni al paro sus delincuentes corruptos y sus impostores morales, si no que la política que los ampara borra sus huellas, paga sus silencios con futuros en el paraíso y amedrentan a los votantes para que sigan confiándoles la gestión de su neo feudalismo. Igual que los matones de las películas de Robin Hood que recaudaban el sudor impuesto del pueblo pobre, haciendo botín de sus renuncias.

Estoy harto de escuchar a Rosell trabajarse la normalización del esclavismo. Y también de la mayoría política organizándose electoralmente en función de los beneficios de los grupos que la financian y la gozan como patrimonio. Apenas me queda esperanza en una auténtica regeneración política que nos rescate de la inmoralidad, de la mentira, de la incertidumbre. Tampoco en que el interés nacional deje de ser una figura retórica de la democracia a la que le han encontrado el punto G.

No puedo evitar que se me subleven el voto y la palabra. Confieso que me dan ganas de echarme el arco a la espalda, de adentrarme en el bosque de Sherwood y convertirme en un proscrito contra los abusos y a favor de los derechos de la vida, los sueños y la dignidad.

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