Las siete esquinas

Mayo de 1966

23.05.2016 | 02:13

Es una foto que recuerdo claramente. La vi en la revista Life, a la que mi padre estaba suscrito, supongo que un día de 1966 o de 1967. En la foto se veía a un guardia rojo chino atacando a un bobby en una calle de Londres. No recuerdo si el guardia rojo llevaba un palo o un cuchillo, pero sí recuerdo su expresión, una expresión de furia demente que me recordó la de un chino que salía en El loto azul de Tintín: aquel joven enloquecido por un veneno que le quería cortar la cabeza a Tintín con una espada de grandes dimensiones. Y también recuerdo la expresión del bobby, aquel policía desarmado que hacía la ronda y de pronto se veía asaltado por un loco con un palo o un cuchillo, aunque la locura del guardia rojo no había sido causada por un veneno sino por la ideología política, esa otra clase de intoxicación mental que muchas veces es más peligrosa que cualquier veneno. El policía de la foto ponía una de esas expresiones muy british, de estupor, sí, pero también de dominio de sí mismo, como si viera a alguien corriendo en calzoncillos y desviara pudorosamente la vista, aunque lo que tuviera delante no fuera un pobre loco sino un fanático espoleado únicamente por el odio. El guardia rojo, según leí, era un miembro del personal de la embajada china en Londres, pero se había contagiado por el fervor de la Revolución Cultural que en aquellos momentos se había apoderado de China y había querido salir a la calle a eliminar al primer burgués decadente y corrupto que se encontrase. Le tocó a aquel bobby, que por suerte no sufrió heridas graves porque había mucha gente en la calle y lograron atrapar a tiempo al guardia rojo.

De la Revolución Cultural, me temo, sabemos muy pocas cosas, quizá porque en su momento, hace ya cincuenta años, nos sonaba a exótica y lejana y no sabíamos cómo interpretarla. John Lennon hacía una referencia despectiva a los guardias rojos en Revolution –»Si vas por ahí con retratos del presidente Mao/ no te lo vas a poder montar con nadie de ningún modo»–, pero lo que más nos llamaba la atención era esa rima: Mao/anyhow, que en inglés parecía muy fácil pero que en castellano no lo parecía tanto («Vete por ahí, presidente Mao/ y no me toques el Cola-Cao», recuerdo que propuso alguien). Pero los jóvenes le prestábamos poca atención a esa Revolución Cultural, a pesar de las imágenes que de vez en cuando se veían en la prensa o salían en la televisión, unas imágenes borrosas en pésimo blanco y negro en las que se veían manifestaciones de guardias rojos gritando con el Libro rojo de Mao en la mano, y unos cuantos desgraciados humillados y escarnecidos en ceremonias públicas, a menudo con un cartel colgado del cuello o un capirote en el que estaban escritos sus crímenes imperdonables: «corrupto», «burgués», «traidor», «contrarrevolucionario», «capitalista»? A muchos de los acusados los mataban a palos en la calle, y a otros los mandaban a campos de trabajos forzados, para que aprendieran a ser buenos revolucionarios. ¿De qué se les acusaba? De ser profesores, artistas, músicos, monjes budistas, escritores: cualquier cosa que se considerase burguesa y decadente y poco revolucionaria.
Todo empezó en mayo de 1966, cuando el presidente Mao anunció al pueblo que los elementos burgueses se habían infiltrado en el Partido Comunista y animó a los jóvenes guardias rojos a luchar contra todo lo que fuera viejo, caduco, corrupto o contrarrevolucionario. La locura de los guardias rojos –todos muy jóvenes, casi todos estudiantes– llegó mucho más lejos que la del empleado de la embajada china en Londres. Algunos saquearon la tumba del emperador Wanli, que había muerto en el siglo XVII, y arrojaron sus huesos a la calle para denunciarlos y quemarlos por corruptos y degenerados. Otros guardias asaltaron el cementerio de Confucio y colgaron de un árbol la momia de un antiguo erudito de la dinastía Ming.

Y lo más curioso de todo es que aquí, en España, había también estudiantes y profesores que se proclamaban maoístas. Yo conocí algunos, no muchos, pero al menos cinco o seis, cosa que para una ciudad como Palma no estaba nada mal. ¿Sabían lo que había pasado en la Revolución Cultural? ¿Sabían que si fuesen chinos lo más probable es que los hubieran matado a palos en una calle? ¿O pensaban que nada de esto podría afectarlos a ellos? No lo sé, pero ahora que hace cincuenta años de todo aquello sigo haciéndome estas preguntas.

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