Políticas públicas

Economía digital y empleo

24.05.2016 | 05:00

El tiempo se ha acelerado de la mano de la revolución digital. Cada mañana descubrimos nuevos avances, en muchos casos incomprensibles, pero que sin duda van a afectar a nuestras vidas, tal y como entendemos ahora el concepto de ciclo vital. La sustitución del empleo en las fábricas por robots, el desmantelamiento de las relaciones laborales o la extinción del empleo por cuenta ajena y para toda la vida son cuestiones que han pasado ya de ser síntomas de un cambio brusco a formar parte del complejo catálogo de realidades que ha de enfrentar la humanidad en los próximos años. Y es mucho lo que está en juego.

El consenso de los años 50 del siglo XX parece agotado. Ya no existe un mundo cuya gobernanza global es dirigida desde Occidente y aceptada por todos, de la misma manera que han cambiado las grandes relaciones comerciales y los grandes pactos sostenidos en un modelo político que garantizaba la estabilidad. La crisis ha pillado de lleno a varias generaciones, que se han rebelado no sólo contra el establishment y sus abusos de poder, sino también contra la incertidumbre, la frustración y la demolición de sus expectativas generacionales. Se cumple la profecía, y muy pronto viviremos peor que nuestros padres y madres. El futuro ha llegado.

La revolución digital, además, parece haber pillado por sorpresa a muchos dirigentes internacionales. La aceleración es tan brutal que es imposible anticipar los cambios y actuar en consecuencia. La regulación llega tarde. Ahí está el caso de bitcoin, las monedas encriptadas y la tecnología blockchain. Algo que aún cuesta trabajo comprender y que sin embargo, si leemos a los expertos, supone un cambio de paradigma absoluto en el mundo financiero, en su modo de producción, en su filosofía y por supuesto en sus actuales reglas de funcionamiento.

La tecnología puede devorar a la clase media. Ya se han lanzado diversas y muy serias señales de alarma. Lo hizo el World Economic Fórum en Davos en enero con un riguroso estudio sobre «El futuro de los empleos» y la amenaza robótica derivada de la cuarta revolución industrial. Lo hicieron los sindicatos europeos con un informe sobre «la digitalización de la economía y su impacto en los mercados de trabajo». Y lo han hecho destacados científicos sociales, como Christian Fuchs o Evgeny Morozov, muy críticos con los efectos secundarios –y primarios– de la vertiginosa carrera tecnológica que nos desborda.

Hace unos años se hablaba de la necesidad del aprendizaje para toda la vida, el célebre Life Long Learning. Pero en España la formación pública, contaminada por el fraude, ni se ha tomado en serio para propiciar la reconversión laboral ni ha servido tampoco para anticipar tendencias y crear habilidades laborales en consonancia con los cambios económicos e industriales. Ahí está el caso del sector de los medios de comunicación, incapaz de lidiar con la crisis y la transformación digital, que ha dejado a doce mil personas sin empleo en apenas cuatro años. La intervención pública en la carrera digital de la economía española es hoy por hoy una entelequia: ni está ni se la espera.

Esta desidia convierte a millones de trabajadores en carne de cañón. Cientos de miles de profesionales cualificados de mediana edad están en tierra de nadie, laboralmente hablando: demasiado jóvenes como para jubilarse en empleos analógicos, y quizás demasiado veteranos como para reconvertirse en nuevos trabajadores del entorno digital. Una amenaza palpable para varias generaciones que, en ausencia de políticas públicas específicas orientadas a la formación real que este país necesita, comienzan a ver el futuro como un abismo. España, 2016.

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