Tribuna

Ruidos, gritos y testosterona

24.05.2016 | 05:00

Fue Toynbee quien postuló que la política consistía en una carrera entre la educación y la catástrofe, y a partir de este enunciado Max Aub, allá por el año 1960, estableció que en España la primera (la educación) aún estaba en el puesto de salida, a la luz de lo que observó en su periplo de tres meses por la geografía española, antes de retornar al exilio mexicano.

Alguien puede tacharme de pesimista si aseguro que la situación permanece inalterable, a este respecto, en estos primeros años del nuevo siglo, pero la realidad española –y no solo la política, que también– avala esta afirmación.

La historia de España es una constante de episodios (gobiernos) políticos totalitarios, con escasos intervalos democráticos, y acaso esta circunstancia refleje nuestra incapacidad endémica para relacionarnos en términos razonables, sin que medie un tercero que atempere, someta y reconduzca nuestros excesos a niveles compatibles con la convivencia pacífica.

Estamos asistiendo al periodo más largo de nuestra historia en paz y sin que se hayan desatado nuestros demonios históricos, aunque estos ya parecen rebullir y muestran impaciencia para enseñorearse –de nuevo– de nuestro ser colectivo. Tras el breve periodo de la llamada transición democrática (amalgama de deseos, renuncias, necesidad, voluntades y ambiciones), tan injustamente señalada por las generaciones emergentes, se está enseñoreando paulatinamente de las relaciones públicas y privadas el rencor, las actitudes dogmáticas, la imposición del yo por sistema, la descalificación del diferente, y ello ya estemos hablando de nuestro modelo de Estado, opciones políticas, credo religioso, orientación sexual o querencias futbolísticas.

España, al contrario que la mayor parte de los países de nuestro entorno, no ha conseguido consensuar internamente los asuntos más básicos que conforman un Estado moderno:

El modelo de Estado, que aunque oficial y constitucionalmente se instituye monárquico, está permanentemente sujeto a evaluación, más aún si cabe ante las conductas «no sanctas» de algunos de los más significados representantes. Por lo que respecta a la organización territorial, las tensiones al respecto, mal gestionadas y encauzadas, amenazan con quebrar y hacer saltar por los aires el diseño actual. La cuestión religiosa incorpora problemas añadidos, derivados de una teórica proclamación de aconfesionalidad del Estado, en contradicción con la práctica de los poderes públicos, esclavos de imposiciones históricas de la Iglesia católica, y ante una emergente pluralidad religiosa y extensión del laicismo, ignorada por las instituciones y las autoridades.

La enumeración de los problemas que padece y debe resolver la sociedad española, para poder considerarla adulta y responsable, consumiría una larga lista de asuntos –además de los mencionados– cuyo análisis se escapa a este modesto apunte; baste con señalar aspectos como la insoportable e inacabable corrupción (pública y privada), el machismo expreso y latente (más extendido este último, y por ello más dañino), la homofobia, la crisis económica, la ausencia de un modelo industrial, el empobrecimiento de las clases medias y de amplias capas de población, el déficit, el dudoso futuro del régimen de pensiones públicas, el paro. En fin, la crisis del estado del bienestar en su conjunto, etc.

Convengamos en que tenemos frente a nosotros un reto propio de un Hércules redivivo, que requiere aunar esfuerzos y optimizar recursos; por ello, los afanes diarios de todos los españoles tienen y deben concertarse en torno a un cuasi nuevo proyecto de Estado, forjado a base de materiales que aúnen gran flexibilidad compatible con máxima resistencia, de manera que todas las formas de sentirse español tengan cabida por una vez en el mismo. Si esto no se consigue, nos instalaremos definitivamente en un proyecto de Estado fallido. (La España actual merece considerarse así).

Ahora bien, el ambiente en el que se desenvuelve la vida –en su vertiente pública y privada– en España no invita al optimismo, y no son las próximas elecciones el bálsamo de Fierabrás que vaya a curar nuestros males y conjurar nuestros demonios, pues tengo para mí que estos se nutren y crecen en un medio hostil a la educación en su sentido más profundo, combinado con un genuino fenotipo ibérico, que, por lo que parece, resulta refractario y poco permeable.

Concluyo esta nota, al tiempo que leo en los diarios del día la algarabía en torno a la «prohibición» –finalmente levantada por el juez– de la exhibición de la estelada catalana con ocasión de la final de la Copa del Rey del fin de semana, otra muestra más de intransigencia, ausencia de diálogo y decisiones a golpe de vísceras, cuyo resultado no puede ser otro que el de tensionar y profundizar en el desafecto mutuo en el que nos hemos instalado, y del que no concluiremos nada positivo, por más que remunere tácticas políticas deleznables, en términos de votos.

Por favor, bajemos el tono en este patio de vecinos llamado España, para intentar escucharnos. El exceso de decibelios conlleva la sordera colectiva, y así no hay manera.

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