En solo 725 palabras...

Corrámonos y relajémonos

El día veintisiete de junio –estoy seguro– será un magnífico día para que muchas señorías del espectro multicolor abandonen sus correrías políticas y turísticas

25.05.2016 | 05:00

El domingo la línea seis del metro bruselense estaba vacía. La estación Louise estaba sola cuando vinieron a recogerme siete vagones de metro, vacíos, que me llevaron a Arts-Loi. En el trayecto, las estaciones de Porte de Namur y Trône también estaban solas de todo, excepto de mí mismo y de los siete vagones me llevaban. Cuando llegué a Arts-Loi sentí ese durable minuto que verseó Benedetti, en el que uno se siente solo en el mundo, sin asideros, sin pretextos, sin abrazos, sin rencores, sin las cosas que unen o separan..., aunque sentí desazón por los siete vagones que abandonaba a su suerte. Arts-Loi no era mi destino, sino mi punto de transbordo, y al cambiar de andén el minuto durable de Benedetti se desvaneció. En el andén de la línea uno había seis personas. Tres damas y tres caballeros. Todos eran políticos españoles de vanguardia. De distintas formaciones. Desde las derechas-derechas hasta las izquierdas-izquierdas. Vestían de turistas. Una de las damas derramaba un profundo acento gallego que oculta cuando actúa; los otros cinco, aun sin serlo, manejaban con soltura la zeta castiza de los madrizeños con pedigrí.

Cuando llegó, el metro me evocó a Agatha Christie. Llegaron siete vagones vacíos. Éramos siete pasajeros. Uno por vagón. A seis de los pasajeros su profesión les impone portar machete-político-asesino como arma reglamentaria frente al oponente político. El séptimo pasajero era yo, un ciudadano-de-a-pie, desarmado por ley y pensado para ser el «capacico de las hostias» en el zipizape de los malos actores del teatrillo de la política con minúsculas, que siempre termina sangrado. Doña Agatha con menos elaboraría una trama.

Apenas me hube sentado, la megafonía anunció que el metro permanecería en el andén unos minutos, por razones técnicas. Y mi subconsciente inmediatamente receló, pero mi consciente lo tranquilizó explicándole que siete personas en un metro no éramos el trofeo que persigue la peña de los locos asesinos. Finalmente, en el vagón permanecimos cuarenta minutos, por avería eléctrica, dijeron. Mis compañeros de vagón eran la quintaesencia del furor palabrero. Su profesión los delataba, y su actitud los confirmaba. Son lo que parecen. Se trataba de las señoras Murmuración, Hablilla y Habladuría, y de los señores Cotilleo, Chisme y Comadreo. Juro que si no llega a ser por mi pequeña lesión temporal de rodilla habría abandonado el metro, avergonzado, y habría seguido mi camino a pie. Y casi lo hago, pero compareció mi consciencia, toc, toc, toc, toc, y no quise dejar a los siete vagones solos con mis seis compatriotas palabrones. Pobres vagoncillos míos?

Mis vecinos accidentales, como compatriotas, me jodieron, y, como personas, me apenaron. Las autoridades políticas belgas deberían prohibir que los turistas sin zorra idea pontificaran sobre política en territorio europeo, y, de manera especialmente severa, que los políticos ignaros y estólidos peroraran, sin el bozal o el bocado equino puesto, sobre política turística en todo el orbe. Quizá un día lo cuente. Eran la calcomanía de sus respectivos maestros protectores. ¡Originalísimos, tú...! Todos discursaban sus mantras con la entonación, las muletillas y la expresión verbal y no verbal de sus líderes. Meros imitadores. Clones (caray, esto último bien merece un premio).

Pretendiendo que se separaran, que dejaran un hueco que les impidiera chafardear entre ellos, por si alguien entraba y oía cómo avergonzaban al país, a punto estuve de pedirles que tuvieran la bondad de correrse, pero no me atreví, porque, para que me entendieran, quizá habría tenido que referirme a las cuarenta y pico acepciones del verbo correr... En cualquier caso, oído lo oído, cuando las elecciones pasen, independientemente de sus partidos, aquellos que hace ojú-de-tiempo que vienen corriéndose como la mala tinta que ensucia y emborrona, y como la mala cera que mancha y quema, deberían correrse, pero esta vez para dejar que los vientos portantes corran y ayuden a la nave del Estado a correr los mares del porvenir sin lastres invalidantes.

El día veintisiete de junio –estoy seguro– será un magnífico día para que muchas señorías del espectro multicolor abandonen sus correrías políticas y turísticas y para que se corran la mayor y más desenfrenada orgía moral y deontológico-político-turística de sus vidas. Señorías, cuando llegue el momento, no se corten, córranse y relájense, y no se sientan solos, porque no lo estarán. Seremos muchos los que, con su gesto responsable, nos corramos y nos relajemos con ustedes.

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