Mal de ojos

Sagas y retoños

29.05.2016 | 01:31

A ver, ¿no les da vergüenza cobrar sin trabajar? La pregunta la hizo Paco Landaluce, vendedor de pescado, la semana pasada en el estreno de La familia pregunta, sección de La Sexta noche de cara al 26J. Yo estoy en el plató, me hacen esa pregunta, soy Albert Rivera, y rompo aguas encharcando los mocasines de Iñaki López y estropeándole la siguiente trola a Eduardo Inda. Pero el tipo no parió. Se movió tenso, miró con sus ojillos de ratón al plasma grande desde el que la familia vizcaína, sentada en el salón de casa, esperaba la respuesta, y apretándose una mano con otra, en ese tic que lo lleva a ajustarse los puños de la camisa mil veces por segundo, respondió que los suyos y el PSOE lo habían intentado y que, aunque entendía su enfado, algo habían hecho. Esta peña lleva ya mismo 6 meses tocándose la berenjena, pero ni un mes falló su nómina, ni siquiera la de Rajoy, al que ahora sacan mucho sin corbata, es decir, un tipo de la calle, un currante, un perroflauta del Ibex 35 como buen monigote de esa familia que nadie ha visto pero notamos su aliento en el cogote. Esta familia sabe lo que hace, y a quién mantener en la cúspide, cuanto más necio, mejor. Querido Jean-Claude, le escribía hace unos días nuestro presidente al presidente de la Comisión Europea recordándole que después del 26J el Gobierno que salga, si sale él, que ya sabe que sí, será fiable, de la familia, es decir, el mamporrero que sujetará con ardor la verga que volverá a follarse a España con nuevos recortes. El pardillo, calla. Olisqueando el vendaval provocado por el cabeza de familia, la naricilla de muñeca articulada de Soraya Sáenz de Santamaría se enfrentó a los periodistas con aplomo de cínica experta capaz de negar la evidencia asegurando que Rajoy no quiso decir lo que dijo sino que, pandilla de gilipollas, lo que ha dicho es que está dispuesto a seguir trabajando para «fortalecer el crecimiento» y «crear empleo, gracias». Ningún periodista se dio la vuelta y la dejó hablando sola como las locas defendiendo al cabecilla del clan, útil hasta que va por libre. Lo alucinante es que una mayoría de votantes no reprueba estas conductas de fulleros. Y los votará.

Que viene Las Campos

Ya sabemos que la familia unida jamás será vencida. Es la idea que, seguro, movió a la aventurera Samanta Villar cuando decidió hacernos partícipes de su embarazo en ese impúdico 9 semanas con Samanta que emitió Cuatro hasta que, la semana pasada, la señora parió doble. Fue conmovedor ver en el parto al maromo de la paya con su gorrito puesto, sus miradas de ternura catódica, y a ella, que fue puta, pobre, pornostart, minera, o bailarina de barra 21 días, en su papel estelar, el de madre, «el más difícil de mi vida», decía mientras hacía caja sin decoro. Los gemelos nacidos en la tele seguro que tienen un futuro prometedor. Habrá que seguirles los pasos, y para eso nadie mejor que sus papis, aliados de excepción para que no perdamos ripio de sus logros y miserias, de sus triunfos y recaídas, tal vez en la droga, como esquineros, o como cantantes de polígono. Tipo Paquirrín o Andreíta, la de cómete el pollo, coño, ¿mentiendes? Si las sagas políticas ofenden, las de la tele son una pesadilla. Ahí está la de las Campos, Maritere y Terelu, las Martes y Trece del dolor, unas pupas que hacen caja con sus miserias. Creo que Telecinco, con el avispado Paolo Vasile a la cabeza, capaz de advertir la mierda como la naricilla de Soraya se adelanta a las tormentas –la penúltima es la guerra contra los jueces, a los que el PP acusa de ir en tromba contra el partido, que ha de pagar 1,2 millones de fianza por pagar la obra de su sede con dinero de la caja b–, pues eso, que Telecinco ha dado luz verde a La Fábrica de la Tele, productora de eminentes gargajos como Sálvame o Cazamariposas, para grabar el piloto de Las Campos, un Alaska y Mario, pero más mari –¿más?–. Estoy nerviosito perdido, no vivo desde que me enteré. Es lo que anhelo como espectador. No tengo bastante con ver a la mamá y a la hija en el plató de ¡Qué tiempo tan feliz!, con ese derroche de naturalidad que provocan, sino que necesito saber cuándo se levantan, qué desayunan, si eructan o se tiran cuescos, si dicen palabrotas o Bigote Arrocet está todo el rato contando chistes, que yo, con él, me pasa como con otra cumbre del humor, Arévalo, que me mondo, que me retuerzo, que me voy de vareta. Quiero saber si hay risas después del amor, que tiene que ser un número ver a la Campos madre tirada en la cheslón abierta de zancas mientas el bigardo se la trajina, eso, todo eso, quiero verlo en el programa de Las Campos.

Televisivos y élite

Y luego que hagan otros para otras sagas. La de los Matamoros estaría genial. Sería imprescindible la de Belén Esteban, y obligatoria la de Ana Blanco. La señora Anne Igartiburu se retira unos meses para parir. Pero no lo hará al estilo Samanta. No abrirá las piernas ni resoplará ante una cámara, ni le cogerá a su hombre la mano mientras la matrona le dice, así, empuja, empuja, así, lo estás haciendo muy bien, y ella, sudorosa, consigue expulsar al hijo ante la audiencia. ¿Traerá Igartiburillos para seguir otros 30 años con los líos de corazón, eso sí, ajenos, que ella no se expone, salvo cuando va a Canal Sur y habla en «andalú» por su marido granaíno? Lo que yo creo de las sagas es que cuanto más conocidas son, menos importancia tienen. Los clanes televisivos son rancho popular, adormidera de las masas, distracción. Mientras, la élite, las familias que parten el bacalao, se ocultan, nada sabemos de ellas, no se prestan al juego de exponerse en sus casas como una Preysler cualquiera con su Mario Vargas Llosa ocasional. Lo sabemos casi todo de la empresa Alaska & Mario pero desconocemos casi todo de los Pujol, Botín, Koplowitz, Aznar, Ortega. Mientras la prole de los televisivos entretiene con vulgaridades y simplezas, y trabajan para ocupar su puesto en los platós, los hijos de la élite se preparan, off shore de miradas indiscretas, en colegios de alto rendimiento. Y piensan seguir ahí, en la cúspide, pero en la sombra.

La guinda

Que renueve
Se despidió el lunes con un capítulo memorable, Cambio de tiempo, El ministerio del Tiempo que ha emitido La 1 en su segunda temporada. En el último capítulo, irónico como todos, atrevido, moderno y peleón, Felipe II, tras la derrota de la Armada en las costas inglesas, decide viajar al pasado para corregir los errores y hacer que sea, de verdad, invencible. TVE no debería dudarlo. Que renueve por una tercera temporada. 

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