Impresiones

Se ha caído otro avión

30.05.2016 | 05:00

Cuando escribo aún no se conocen las razones por las que el avión Airbus 320 de Egypt Air que hacía la ruta entre París y El Cairo, con 66 personas a bordo, se precipitó en las aguas del Egeo a 130 millas de la isla griega de Kárpatos. Además de la tragedia personal, lo ocurrido es un desastre para la economía egipcia pues el turismo supone el 15% del PIB. No hace mucho que otro avión egipcio que había despegado de Sharm el Sheik e iba rumbo a Moscú fue hecho estallar sobre el desierto de Sinaí por un grupito local afilado al Estado Islámico y deseoso de hacer méritos. En este caso aún no se sabe qué ha pasado y se siguen buscando las cajas negras que nos puedan aclarar lo ocurrido: puede ser un atentado terrorista (aunque nadie lo ha reivindicado) en cuyo caso se abrirá un serio debate sobre la seguridad del aeropuerto de Charles De Gaulle (igual que ya se ha abierto sobre la seguridad de las sedes francesas del campeonato europeo de fútbol); puede haber sido un fallo técnico y entonces el foco de atención se concentrará en el mantenimiento de los aviones egipcios; o puede haber sido un fallo humano que admite dos tipos: voluntario, como el del piloto suicida alemán que estrelló su avión contra los Alpes, o un error involuntario como el accidente de Palomares en 1966 que dejó su suelo contaminado durante décadas; finalmente no hay que descartar que se deba a simple estupidez humana si es que el fuego se originó en un lavabo donde alguien encendió un cigarrillo. Y entonces no faltarán quiénes pidan que se pongan cámaras de vigilancia en los retretes, que es lo único que ya nos faltaba en el tenso debate entre libertades individuales y seguridad que por ahora va ganando la segunda por goleada... sin lograr garantizarla porque eso es imposible salvo en el mundo descrito por Orwell.

El mar amable de nuestras costas y de nuestros veraneos no lo ha sido para los pasajeros de este vuelo, como no lo es para los refugiados que huyen de Siria y de otros horrores en frágiles embarcaciones que muchas veces no llegan a su destino. Y como tampoco lo fue para aquella veintena de trabajadores coptos degollados por sicarios del Estado Islámico en una bonita playa libia, testigo mudo de aquel horror. No es que el Mediterráneo haya sido siempre un mar idílico pues en sus costas nació la agricultura y con ella la sedentarización que dio origen a las religiones, los imperios y las guerras. En el origen de los tiempos Poseidón se enojó con Atenea y en venganza inundó Atenas ahogando a sus pacíficos ciudadanos (que habían preferido el regalo de la diosa) y otro tsunami acabó con la civilización minoica dando lugar a la leyenda de la Atlántida. Ferdinand Braudel nos habla de épocas más recientes erizadas de guerras continuas, algunas grandes como la que enfrentó a Felipe II con el imperio Otomano (Lepanto), y otras chiquitas en forma de razzias de piratas que causaban tanto daño que dejaron desiertas las costas mediterráneas durante siglos... haciéndonos soñar mientras buscamos espacio para tender la toalla en las playas actualmente atestadas de bañistas.

Haciendo balance, supongo que la estupidez y la maldad humanas son las que peores estragos han causado y por eso duelen más, porque eran evitables. Se atribuye a Einstein una frase que dice que el universo y la estupidez humana no tienen límites aunque él, Einstein, tenía dudas sobre los del Universo. En cuanto a la maldad... Hobbes creía que era congénita mientras otros (Rousseau) preferían la imagen idealizada del buen salvaje, lo que hoy llamaríamos buenismo que es otra forma de ser tonto. Por ejemplo Europa, hedonista y de muy avanzados servicios sociales y culturales, no gasta un duro en Defensa porque parece pensar que todo el mundo es bueno cuando está rodeada de gentes tan malas como Putin en el norte (que invade y anexiona Crimea mientras desestabiliza Ucrania) y los islamistas radicales del Estado Islámico y Al Qaeda al sur y al este. A ojos de otros países Europa se parece a un museo lleno de cosas bonitas y de gente mayor, cuando no a un herbívoro sonriente y bonachón incapaz de dar una dentellada, al que nadie toma en serio y que pierde influencia y prestigio con cada día que pasa. Nos perdemos en disputas identitarias, tribales y aldeanas mientras el centro económico y de poder del mundo nos ignora olímpicamente y se dirige hacia ese Pacífico que acaba de visitar Obama. Y no es nada seguro que los EEUU estén dispuestos a seguir sacándonos las castañas del fuego de manera indefinida.

Y sin embargo Europa es necesaria en un mundo que cambia muy deprisa y no comparte los valores que nos definen, que nos han hecho lo que ahora somos y que hace sesenta años impregnaron de universalidad la declaración de los derechos humanos de la ONU, pero que el mundo del siglo XXI sería hoy incapaz de consensuar. Y eso es muy grave porque esa bandera, la de la libertad, los derechos humanos, la democracia... es la que deberíamos ser capaces de enarbolar al servicio de grandes temas como el cambio climático o la pobreza, la desigualdad y la injusticia en el mundo. Porque otros no lo harán. Por eso me da pena ver naufragar esos valores con cada verja en el camino de los refugiados o con cada patera que se hunde en las aguas azules e indiferentes de nuestro Mediterráneo.

*Jorge Dezcállar es embajador de España en EEUU

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