Tierra de nadie

Nos ayudan bastante

31.05.2016 | 05:00

Si Albert Rivera, para ir a Venezuela, hubiera salido por la puerta de atrás de Europa, en vez de por la de delante, habría tropezado con miles de hambrientos chapoteando medio desnudos en el barro. Hablo de esos fantasmas a los que llamamos impropiamente refugiados y entre los que hay niños, mujeres, viejos, gente de mediana edad y de distintas procedencias. Los hay con fiebre, con forúnculos, con muletas; los hay ciegos y tuertos y cojos, casi todos con muestras de raquitismo. También hay mujeres embarazadas y familias rotas y quizá hay (si el hambre de sus dueños no ha dado cuenta de todos) algún animal doméstico. Si Rivera hubiera salido por esa puerta, con la conciencia social que le caracteriza, no habría llegado a Venezuela. Se habría quedado en la frontera, echando una mano antes de dar una rueda de prensa para denunciar el vergonzoso comportamiento de Europa ante esa crisis humanitaria que nos importa un rábano.

Pero ni siquiera necesitaba salir de Europa. En vez de marcharse tan lejos, podría haber visitado algunos barrios de Madrid, de Barcelona o de cualquier otra ciudad española donde hasta a hace cuatro días vivían familias de clase de media que han devenido pobres. Hay casi un tercio de la población española en esa situación predemocrática, casi prehistórica. Gente que no puede ir al dentista, que no puede adquirir unas gafas, que no puede arreglar la nevera, que no puede comprar una caja de Ibuprofeno, que se tiene que colar en el metro para ir o volver de la casa de sus padres. Lo piensas, piensas en todas las necesidades que tenemos aquí al lado, por las que la política hace tan poco, y cada vez entiendes menos ese viaje a Venezuela.

–No seas idiota, no lo hizo por razones humanitarias.

–¿Qué fue a buscar entonces?

–Votos, votos baratos, de los que se obtienen llorando en público para presumir de una sensibilidad de la que careces.

–¿Entonces Rivera es un sinvergüenza?

–Decídelo tú mismo.

Nos pasamos el día decidiendo a qué categoría mental y moral pertenecen nuestros políticos. Tenemos que agradecerles, eso sí, que ellos nos ayudan bastante.

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