En solo 725 palabras...

Mediocridad asustante

Hubo más trucos que magia. Demasiado «¡pues anda que tú...». Demasiada ortopedia ovante, basada en medias verdades y mentiras travestidas. Ningún malabarismo verbal brilló por su claridad

15.06.2016 | 05:00

Después de una ardua preparación física y mental para la competición, a la hora prevista me acomodé científicamente frente al televisor. Los que no somos carne de share televisivo, para encontrar la postura en el sofá precisamos de conocimientos científicos, en defensa propia, obviamente. Si no somos científicos nuestra espalda nos lo reprocha durante días.

El lunes, el cientifismo lo substancié mediante unos ejercicios generales de estiramientos, seguidos de cinco series de sentadillas de baja intensidad, para activar los cuádriceps y las rodillas, y continué con cinco series de abdominales, otras cinco de oblicuos y otras tantas de lumbares, para tonificar la estructura muscular que sostiene la columna vertebral, que es la que soporta casi todo el peso en esta clase de competiciones, sobre todo cuando la cosa dura más de dos horas. Finalmente, tras repetir los ejercicios de estiramientos con los que había comenzado, con la cachazuda parsimonia de un koala, deposité mi cuerpecito serrano sobre el sofá e inicie una ceremonia de giros levógiros y dextrógiros, alternados sobre el eje sacro-lumbar de mi columna, como hacen los felinos. Y en ello me mantuve, tomando consciencia del efecto de cada movimiento, hasta que mi zona lumbar y mis asentaderas encontraron la postura.

–¡Bien, tío, ya está...! –me dije, satisfecho con el resultado.

Total, fueron veinticinco minutillos de nada, que di por bien empleados, porque me permitirían cumplir con mi Pepito Grillo particular, que lleva toda la vida recordándome que, en el sentido más ateniense de todos, soy un ciudadano, y en el sentido más gabacho, expresado en la Déclaration des droits de l´homme et du citoyen de 1789 que tanto influyó en la Revolución Francesa, también.

A la hora y un pelín comparecieron los mismos cuatro individuos que durante cuatro meses han venido repitiéndome ¡ciudadano, tú no sabes votar...!, pero aun así, allí estaba yo, incólume y atento. Y de esa guisa me mantuve hasta que se marcharon, que para mí, francamente, fue con un par de horas de retraso, como poco. Y, lo confieso: la tontería nunca fue mi fuerte, por eso en tres ocasiones estuve a punto de retirarme, pero mi Pepito Grillo me vigilaba.

El respeto fue una constante anteanoche, tanto que en algún momento los esforzados aspirantes me recordaron a Voltaire en El Tratado de la Tolerancia, cuando, refiriéndose a los déspotas ilustrados, irónicamente, sentenció: «proclamo en voz alta la libertad de pensamiento, y muera el que no piense como yo». Poco menos que así fue parte del trasfondo discursivo de los aspirantes. Hay talantes que asustan, y con el tiempo crecen y se hacen peores.

Durante el espectáculo, hubo más trucos que magia. Demasiado «¡pues anda que tú...». Demasiada ortopedia ovante, basada en medias verdades y mentiras travestidas. Ningún malabarismo verbal brilló por su claridad y ninguna prestidigitación retórica explico su proyecto. Nadie declaró expresamente que en estos días el futuro que nos espera ya no es lo que era. Bajo las enaguas de las palabras y las ideas, anteanoche no había nada. Lo de anteanoche fue un descomedido cónclave de los chafallos, las carantamaulas y los discursos trasijados.

Anteanoche la inefabilidad se hizo carne y habitó entre nosotros. El debate me evocó a Góngora: «Mal te perdonarán a ti las horas; / las horas que limando están los días / que royendo están los años». Y, preocupado y afligido, otra vez me pregunté: ¿España, cuándo estaremos a la altura...? Y me apesaré y me atribulé por la soltura con la que los aspirantes manejaron una cuasi infinita mediocridad asustante, que reiteró que se está perdiendo el norte que otrora alumbrara las ideas. Anteanoche los aspirantes llegaron solos. Quizá las ideas, que también tienen derecho, anduvieran de copas, despidiendo a alguien, quizá.

Y tomé consciencia de que si lo de Hegel, ese «socialdemócrata» reubicado por el candidato Iglesias, fuera cierto, al menos lo tendríamos claro, porque según él «el pueblo es esa parte del Estado que no sabe lo que quiere». Y, además, que si, como contó Aristóteles, «la dignidad no consiste en nuestros honores, sino en el reconocimiento de merecer lo que tenemos», bien merecemos el karma de contar con unos representantes, que, por nuestro bien y por relevos, nos convierten en víctimas colaterales de nosotros mismos.

En fin, lo de siempre, que los pajarillos cantan y las nubes se levantan...

Menos mal que el turismo está viniendo solo, tú...

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