El contrapunto

La mujer que hundió el Bismarck

Para ella, la discreción era una cuestión de disciplina, además de respeto a las buenas formas y los principios morales que habían engrandecido el país de sus antepasados, el Reino Unido

18.06.2016 | 05:00

Estos días los obituarios de la prensa británica nos recuerdan a aquella encantadora debutante que hizo posible el hundimiento del Bismarck, aquel temible y aparentemente invencible acorazado alemán. En los comienzos de la Segunda Guerra Mundial, Jane Fawcett se incorporó al servicio secreto de descodificación británico. Tenía 19 años. Fue destinada a Bletchley Park, en la idílica campiña de Buckinghamshire. Se integró en un curioso grupo de brillantes y algo excéntricos expertos en el arte de codificar y descodificar informaciones y mensajes secretos. Allí estaban algunos de los más formidables cerebros del establishment científico británico. Jane Fawcett no tenía ninguna formación en el campo de la codificación de datos. Su trabajo como traductora se limitaba a los mensajes que emergían de una máquina diabólica, creación del genio militar alemán: Enigma. Finalmente el sistema de codificación de los mensajes de las fuerzas armadas del Tercer Reich había dejado de ser impenetrable para los ingleses. Tenía la joven Jane Fawcett (Jane Caroline Hughes, de soltera) muy buenos conocimientos del idioma alemán y además era mujer. Es decir, generalmente podía ver cosas que probablemente escaparían a la atención de sus sesudos colegas masculinos.

Jane Fawcett, como toda Inglaterra, estaba en aquellos días de mayo de 1941 pendiente del paradero del acorazado Bismarck, el orgullo de la Marina de Guerra alemana. En una dura batalla naval cerca de las costas de Islandia, el Bismarck acababa de enviar al fondo del mar al Hood, otro gran navío de guerra, con 1.400 marineros británicos a bordo. Un golpe terrible para la Royal Navy y para el pueblo británico. El Almirantazgo lanzó en persecución del acorazado enemigo a casi toda la Home Fleet. Pero el Bismarck simplemente se había esfumado. El 25 de mayo de 1941 sería el momento estelar de la joven Jane. Llamó su atención un mensaje descodificado, aparentemente irrelevante, de un general de la Luftwaffe, interesándose por el paradero de su hijo. No lo dudó Jane. Ni por un segundo. Estaba convencida de que ese joven alemán solo podía estar a bordo del Bismarck. Y que éste navegaba con rumbo al puerto de Brest en la costa de la Francia ocupada. 30 horas después de que Beltchley Park hiciera sonar las alarmas, un escuadrón de aviones Swordfish de la Royal Navy había localizado y atacado con torpedos al acorazado. Uno de ellos consiguió inutilizar parte del sistema de dirección de la nave. El Bismarck solo podía navegar en círculos. En las primeras horas de la mañana del 27 de mayo de 1941 tres buques británicos, el King George V, el Rodney y el Dorsetshire interceptaron a su presa. Fue el final del Bismarck y del dominio alemán de las aguas del Atlántico Norte.

En cuanto a Jane Fawcett, jamás presumió de su intervención en uno de los hechos de guerra más importantes de la Segunda Guerra Mundial. Para ella, la discreción era una cuestión de disciplina, además de respeto a las buenas formas y los principios morales que habían engrandecido el país de sus antepasados, el Reino Unido. El 21 de mayo, Jane Fawcett llegó al final de sus días en este mundo. Tenía 95 años. Fue una gran mujer que dedicó su larga vida a sus ideales y a la lucha para proteger los tesoros de la arquitectura victoriana de Gran Bretaña. Con no pocos de esos tesoros muchas veces en el punto de mira de los especuladores. Gracias a ella y sus colegas de la Victorian Society podemos admirar hoy, entre otros, el maravilloso edificio victoriano del Midland Hotel, junto a la estación londinense de St. Pancras. Creo que siempre se lo agradeceremos

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