Las cuentas de la vida

El amor a las flores

19.06.2016 | 05:00

El Reino Unido y España comparten una especie de excentricidad con respecto a Europa. Ambos ocupan un lugar geográficamente periférico –la insularidad en el caso británico, lo peninsular en el español– y ambos forjaron su fortuna con sendos imperios allende los mares. Los dos son Europa pero, de algún modo y durante mucho tiempo, no lo han sido; tal vez por el peso de nuestra leyenda negra o por la suficiencia del imperio inglés. Ambos conviven con tensiones regionales –Escocia e Irlanda del norte, Cataluña y el País Vasco– y los dos han tenido que aprender a afrontarlas. Por supuesto, las diferencias también son considerables, empezando por el entusiasmo. España lleva sus pasiones hasta el extremo, sin que nadie sepa cómo moderar esta pulsión. Vista con cierta perspectiva histórica, la ciclotimia del carácter español ha dificultado las políticas de largo plazo y favorecido el peligroso prestigio de la inmediatez: soluciones para hoy y hambre para mañana. En el caso británico, en cambio, forma parte de su tradición más notable el miedo a cualquier tipo de entusiasmo, más allá del patriótico en las grandes batallas. Seguramente, los ingleses son la nación más conservadora de Europa, aunque de un modo excéntrico, un punto despeinado, con el escepticismo de quien no se toma demasiado en serio a los demás€ ni a sí mismo.

En una serie de ensayos redactados en los años 40, George Orwell se dedicó a describir a sus paisanos. En primer lugar, sus limitaciones: «No están bien dotados en lo artístico –observaba–. En comparación con los europeos continentales, los ingleses no son intelectuales. Les horroriza el pensamiento abstracto, no sienten la necesidad de una filosofía ni de una sistemática visión mundial. [€] Pero merece notarse aquí un rasgo menor de los ingleses que está muy marcado, aunque rara vez se comenta: el amor a las flores. [€] Esto se une a otra característica inglesa que es tan parte de nosotros que apenas nos damos cuenta de ella: la afición a los hobbies y ocupaciones en ratos libres, lo privado en la vida inglesa».

Lo privado en la vida inglesa constituye un concepto importante para entender por qué se está debatiendo, estos días en el Reino Unido, el futuro de su pertenencia a la Unión Europa. Hablamos de emociones, por supuesto, y de un instinto histórico que les hace desconfiar de la burocracia y de la lejanía. Se menciona la especial relación presupuestaria que Londres ha tenido históricamente con Bruselas –desde el ya famoso «quiero mi dinero de vuelta», pronunciado por Margaret Thatcher– y la falta de control migratorio como dos de las razones que impulsan el voto favorable al Brexit; todo ello aliñado con elogios a los escoceses por su europeísmo auténtico. Pero las motivaciones no son tan sencillas ni, desde luego, tan racionales.

En el juego del todo o nada –como es el caso de un referéndum–, la razón cuenta menos que las emociones. Para un inglés medio, salirse de la UE supone sobre todo defender ese espacio de libertad privada que escapa a los tentáculos de la burocracia. Puede ser amar las flores y las plantas, como apuntaba divertido Orwell, pero también huir de ese monstruo de directrices transnacionales en que se ha convertido Europa. Al votante medio británico parecen importarle poco las obvias consecuencias económicas del Brexit –poco favorables para ellos, poco favorables para nosotros– o la pérdida de derechos para los ingleses que viven en el continente. Se trata, más bien, de hacer lo que uno quiera en casa, en su propio hogar, en su propio país. El amor a lo privado se convierte así en una forma de patriotismo y seguramente no la peor.

Orwell también señaló otra peculiaridad nacional: «Inglaterra es el único país europeo cuya política interna se resuelve de modo más o menos humano y decente». Debemos confiar en que así sea. Hay motivos suficientes para exigir una Europa mejor, más democrática, más solidaria y equilibrada, más dinámica y efectiva. Sin embargo, el Brexit, la ruptura con la UE, supondría una involución clarísima para el proyecto comunitario. Y el mensaje que se mandaría al mundo sobre la fortaleza y el futuro de la Unión sería sencillamente desesperanzador.

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