Las siete esquinas

Votar

19.06.2016 | 05:00

En una oficina de correos veo a una anciana que va a entregar su voto por correo. La mujer debe de tener unos 85 años y camina muy despacio, con ayuda de un bastón. Cuando llega al mostrador y por fin la atienden, las formalidades la desconciertan. Tiene que rellenar varios formularios y presentar no sé qué papeles, aparte del DNI y otras cosas más. La mujer lleva también otro voto: el de su hermana, según me cuenta mientras intento ayudarla. La hermana es mayor que ella y no puede moverse, así que los trámites que faltan van a ser aún más complicados. Cuando oye todo eso, la mujer casi se desploma sobre un banco. Creía que ya lo tenía todo solucionado –llevaba los dos sobres con los votos–, pero no, todavía no ha terminado el proceso.

Mientras la anciana descansa delante de mí con sus dos sobres electorales –por ahora inútiles– en la mano, me acuerdo de una de las canciones más tristes de la historia del rock, aunque no es exactamente una canción, sino un conjunto de las conversaciones con ancianos que Art Garfunkel grabó en varios geriátricos de Los Ángeles y Nueva York. Esas voces de ancianos que hablan y comentan y se quejan se llaman Voices of Old People y están en un disco de Simon & Garfunkel que también es uno de los más tristes del rock, Bookends. En esa grabación hay una frase de una anciana que se me ha quedado grabada en la memoria. La mujer cuenta que siempre dormía pegada al borde de la cama porque quería dejarle mucho sitio a su marido, pero luego, cuando se quedó viuda, siguió durmiendo en el mismo filo de la cama, dejando el mejor espacio para alguien que ya no estaba a su lado. Recuerdo que la voz de aquella mujer de la grabación era ronca y apagada, pero no parecía una mujer desdichada ni resentida, nada de eso. Sólo ella sabría por qué lo hacía y si eso le convenía o no. Y no sé por qué, la anciana que descansa en la oficina de correos, esperando recuperar las fuerzas para volver a su casa en busca de papeles, me hace pensar en aquella otra anciana del asilo: por la voz, tal vez, pero también porque le imagino el mismo rostro, las mismas arrugas, el mismo bastón, el mismo aire desconcertado. Y quizá esta anciana, igual que la otra, sigue durmiendo en el filo de la cama, a pesar de que el marido que tuvo murió hace muchos años y ya no necesita ocupar ningún espacio en este mundo.

Cuando la anciana se va, pienso en lo difícil que le resulta votar y en lo heroico que supone hacer lo que está haciendo. Ha de caminar doscientos o trescientos metros hasta la oficina de correos –que para ella son cuatro o cinco kilómetros–, y luego tiene que afrontar la espera, los impresos prácticamente incomprensibles, los trámites, la burocracia, todas esas cosas que ella no entiende (ni maldita la falta que le hace). Es posible que muchos de nosotros desistiéramos de votar si tuviéramos que hacer todo lo que ella hace, porque todos sabemos que la escasa utilidad del voto no compensa tantos esfuerzos ni tantas penalidades. Pero esta mujer que casi no puede caminar se empeña en emitir su voto y el de su hermana. ¿Y para qué? ¿Qué espera de quien gane las elecciones? ¿Y qué clase de esperanza ha depositado en su candidato, sea quien sea? ¿Qué medidas le gustaría que tomase, qué clase de leyes, qué nuevas normas? Me hubiera gustado preguntarle a quién iba a votar –la curiosidad me puede–, pero comprendo que es su secreto y que no debe compartirlo con nadie. Sólo ella sabe por qué vota y a quién vota, igual que sólo aquella anciana del disco de Simon & Garfunkel sabía por qué le seguía dejando un espacio vacío en la cama a un marido que ya no ocupaba ningún espacio en este mundo.

De todos modos, ver a esta pobre mujer en la oficina de correos me ha alegrado el día. Ella parece tener mucha más confianza en el sistema de la que tienen docenas de personas que conozco, todas de momento jóvenes y saludables y más o menos exitosas, pero ya carcomidas por la desconfianza y el recelo hacia todo lo que sea política (o en casos aún peores, todas convertidas en miembros de una secta que les exige obediencia ciega y sometimiento absoluto). Esta mujer nació hacia 1931 –el año de la República– y cuando yo era un niño ella ya debía pensar que había dejado de ser joven porque tenía 34 ó 35 años. En las primeras elecciones de la democracia, en 1977, ella ya debía de rondar los cincuenta años y quizá ya tenía un aspecto muy parecido al que tiene ahora, desgastada y cansada y frágil. Pero ella tiene una fe que muchos de nosotros habemos perdido, y sólo por eso se merece que le vaya bien –muy bien– lo poco que le queda de vida.

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