Tierra de nadie

Ritos fúnebres

20.06.2016 | 05:00

Estábamos jugando mis hermanos y yo a los cojos, cuando entró mi padre en la habitación y dijo que Dios nos podría castigar dejándonos cojos de verdad. Lo cierto es que si no jugábamos a los cojos, jugábamos a los mancos o a los tuertos, a veces a los ciegos. El único juguete de que disponíamos era el propio cuerpo, de modo que explotábamos al cien por cien todas sus prestaciones. Dios no nos castigó, al menos de la forma en que imaginaba nuestro padre, lo que en alguna medida nos decepcionó, apartándonos un poco de la Iglesia. Luego nos fuimos haciendo mayores y dejamos de hacer tonterías con el cuerpo como dejas de hacer tonterías con el móvil cuando te acostumbras a él. La vida es un continuo acostumbrarse y desacostumbrarse. De súbito, cuando la relación con el cuerpo se estabiliza, aparecen, no sé, las muelas del juicio tratando de hacerse un lugar en unas mandíbulas que no dan de sí. No pasa nada, te las quitas y aquí paz y después gloria. A lo mejor, después del suceso de esas muelas, pasas diez años como si no tuvieras cuerpo. Lo olvidas, aunque te levantas y te acuestas con él, porque no da problemas. Hasta que, vaya por Dios, te sale una hernia o comienzas a sufrir ardor de estómago. Ya digo, el cuerpo va y viene. Se pasa la vida así, yendo y viniendo. Parece que en la vejez, como en la infancia, lo tenemos más cerca. ¿Pero quién va a ponerse en la vejez a jugar a los tuertos, a los mancos o a los cojos? Pues un grupo de jubilados (la mitad hombres y la mitad mujeres) a los que sorprendí ayer, en el parque. Estaba dando mi paseo matinal cuando los vi hacer cosas raras. Jugaban a hacerse el muerto, o la muerta, según su condición. Dirigía el juego una monitora joven que impartía instrucciones y calificaba la calidad de la defunción de cada uno.

–Ese rictus –decía– no es suficientemente cadavérico. Tienes los músculos labiales demasiados rígidos.

Comprendí que hacían una especie de yoga, aunque un yoga un poco fúnebre y siniestro que poseía sin embargo un poderoso atractivo. Cuando repararon en mi presencia, no sabiendo qué hacer, les dije que Dios les castigaría y seguí andando.

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