Las siete esquinas

El establo de vacas

24.06.2016 | 05:00

No hay nada más triste que leer las cartas de los últimos años de Joseph Roth. En los años 30, mientras Europa iba deslizándose sin remedio hacia la catástrofe, Roth se daba cuenta de todo lo que iba a suceder al cabo de cuatro o cinco años. En mayo de 1933, cuando Hitler llevaba cuatro meses en el poder, Roth le escribió en una carta a su amigo Stefan Zweig que los prusianos eran «los representantes del infierno químico, el infierno industrializado en el mundo». Cuando hablaba de prusianos, Roth se refería a los alemanes que habían caído hechizados por la figura diabólica de Hitler. Y en el manuscrito de su carta, Roth subrayó la palabra «químico» que acompañaba a la palabra «infierno». Faltaban seis o siete años para que empezara a usarse el gas zyklon B en los campos de exterminio, pero Roth ya lo había intuido con toda claridad: el infierno químico. Y dos meses antes, en febrero de 1933, cuando Hitler sólo llevaba un mes en el poder, Roth también había escrito estas frases premonitorias en otra carta a Zweig: «No doy un céntimo por nuestras vidas. Los bárbaros han conseguido gobernar. No se haga ilusiones. Gobierna el infierno». Por supuesto, Roth acertaba de lleno. Él mismo murió en 1939, en París, destruido por el alcohol y la pobreza y sus terribles presentimientos, un año antes de que Hitler conquistase Francia y el infierno gobernase casi toda Europa. Y Stefan Zweig se suicidó en Brasil, en 1942, al día siguiente de la caída de Singapur, cuando creyó que su amada Europa –la Europa del humanismo, la Europa de la libertad de conciencia– iba a perder la guerra que libraba contra el infierno.

En cierta forma, aunque a simple vista todo parezca distinto, vivimos tiempos muy parecidos. Europa se disgrega y va cayendo en la parálisis sin que nadie se atreva a defenderla ni a proclamar su fe en ella (lo mismo que ocurrió en la República de Weimar en los meses previos a la llegada de Hitler al poder). Los partidos xenófobos y populistas, de izquierda o de derecha –aunque en el fondo son idénticos–, van ganando cada vez más adeptos que se creen muy «cool» y muy modernos y muy progresistas y muy patriotas, cuando en realidad están defendiendo ideas desfasadas que ya eran antiguas hace cincuenta años (el odio, el egoísmo de su pequeño terruño, el miedo a los inmigrantes, el deseo de recuperar lo que les ha sido expoliado por la «pérfida casta» de financieros y políticos). Y una especie de ensueño delirante, combinado con el narcisismo más acusado y las campañas de propaganda más eficaces que hemos visto en mucho tiempo –unas campañas equivalentes a las de Hitler, que fue el más grande publicista de su época–, se están apoderando del inconsciente de una gran parte de la población.

Roth supo explicar muy bien lo que hizo posible que un tipo como Hitler –que no engañaba a nadie sobre sus siniestras intenciones– llegase al poder tras haber obtenido un buen resultado electoral en dos elecciones consecutivas. ¿Cómo pudo convencer a tanta gente? Muy fácil. Según Roth, por «lo que en psiquiatría se conoce como enfermedad maníaco–depresiva. Así es este pueblo». Y esto es lo que le está ocurriendo ahora mismo a Europa (y a España, claro está): un pavoroso caso de enfermedad maníaco–depresiva. Los delirios sustituyen a la realidad. Las voces que nos llegan de no se sabe dónde (la publicidad, la propaganda, las mentiras que se hacen pasar por evidencias indestructibles, los programas televisivos que presentan una versión distorsionada de la realidad) han colonizado por completo nuestra conciencia. Y unas ideas tóxicas y destructivas, con un fuerte componente autoritario –o incluso totalitario–, pasan por ser las más novedosas, las más divertidas, las más eficientes y las que nos convierten, sólo por hacerlas nuestras, en personas mucho más inteligentes y mucho más virtuosas de lo que en realidad somos.

La crisis de 2007 nos ha convertido en maníaco–depresivos igual que la crisis de 1929 convirtió en maníaco–depresivos a los alemanes que cayeron hechizados por Hitler. Lo que hizo Hitler fue buscar un enemigo al que echar las culpas de todo –los judíos– y ejercer un caudillaje absoluto que sirviera para sacar de la depresión a un país desmoralizado y humillado. Hitler nunca engañó a nadie sobre sus propósitos, pero aun así, miles y miles de personas inteligentes y buenas le votaron convencidas de que alguien, en el último minuto, le pararía los pies y nunca se impondrían del todo sus ideas. Pero pasó justo lo contrario. Roth, en sus cartas, se quejaba de que el mundo se había convertido en un lugar muy estúpido y bestial: «Todo: humanidad, civilización, Europa; hasta el catolicismo: un establo de vacas es más juicioso». Y así vivimos ahora, en vísperas electorales, en un establo de vacas en el que nadie parece dispuesto a ser juicioso.

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