Impresiones

¡Vaya semanita!

26.06.2016 | 05:00

Empezamos mal el martes con una derrota que coloca a nuestra selección en un camino erizado de dificultades si quiere ganar la Eurocopa, mientras los norcoreanos „que no deben saber jugar al fútbol„ se desquitaban disparando misiles. Luego llegó la pésima noticia del Brexit que nos complica mucho la vida a todos (a empezar por el propio Reino Desunido) y terminamos la semana con una repetición de elecciones en España tras una gestación de nueve meses de campaña interminable y más aburrida que dolorosa, aunque confieso haber sentido mareos y náuseas en algún momento. La única buena noticia de estos días ha sido el acuerdo de Colombia con las FARC...

Pero tanta mala noticia no debe hacernos perder de vista la realidad de las cosas y el hecho objetivo de que la culpa de la derrota futbolera y de la repetición electoral la tienen los Reyes Magos. De los británicos no digo nada porque deben estar ustedes ya hartos y porque no tienen Reyes Magos sino una señora muy mayor que empezó siendo emperatriz de medio mundo y que puede acabar solo como reina de Inglaterra y Gales. Los Reyes Magos llegaron por sorpresa al portal de Belén para hacer unos regalos al recién nacido que le colocaban contra todo pronóstico y sin hacer nada por su parte en envidiable posición financiera. Supongo que José y María los aprovecharon para salir de la cueva, montar una carpintería y convertirse en autónomos. No sé si a Jesús aún le quedó algo para comenzar años más tarde su campaña de predicación del mensaje más importante de la Historia, pues de eso no hablan los evangelios, mientras que hoy sabemos que Hillary Clinton enfrenta su envite final por la presidencia de los EE UU con 43 millones de dólares en el bolsillo y que a Trump solo le quedan 1,3, que como no se esmere no le dan ni para teñir el pelo de las rubias de silicona que le rodean. Pero lo importante de verdad es que los Reyes Magos han dejado una impronta indeleble en el carácter nacional al habernos acostumbrado a pensar que hagamos lo que hagamos (o no hagamos) y que por mal que nos portemos, al final tendremos regalos y no carbón, que es lo que muchas veces nos merecemos. Es una especie de providencialismo que nos acerca paradójicamente a la afirmación de Lutero de que la fe sin obras salva y que nos hace un pueblo que reclama derechos sin trabajarlos y sin aceptar obligaciones.

Rajoy lo cree a pies juntillas como demuestra su tratamiento del problema de Cataluña: no hacer nada y confiar en que el tiempo arreglará la locura que parece haberse apoderado de algunos catalanes. O la forma en que ha actuado frente a la corrupción, como si no fuera con él y los suyos, y la misma manera de comportarse desde las elecciones del 20 de diciembre, dejando a otros buscar pactos e investiduras sin molestarse siquiera en mirar si el acuerdo entre PSOE y Ciudadanos tenía algo aprovechable.

Pedro Sánchez es a priori el más crédulo, el que más necesita creer que solo por su cara bonita puede obtener lo improbable o incluso lo imposible, como aquel Rodríguez Zapatero («el mejor presidente de la democracia») que no vio venir la crisis financiera mundial mientras aseguraba que iba a solucionar él solito el problema de ETA, y el del Sahara «en tres meses». Por eso Sánchez tiene que creer en los Reyes Magos, porque si se cumplen los pronósticos electorales haga lo que haga y pacte con quien pacte los va a necesitar a ellos y a toda la cohorte celestial para mantener unido a su partido.

Iglesias no debe creer mucho en los Reyes, ni magos ni de carne y hueso, pues hay que ver cómo los viste su amiga Carmena en la cabalgata de Madrid y cómo viste él cuando va a ver a don Felipe, que si fuera inglés le dejarían en la verja de Buckingham a la espera de que desde Venezuela le enviaran una corbata. Pero para no creer, la verdad es que no le va nada mal pues los Reyes le han traído ya una Izquierda Unida desnortada e, insaciable como es, ahora les pide también un PSOE desorientado. Y si no basta, está dispuesto a pedirles nacionalistas de toda laya con tal de llegar a la Moncloa y a convertirse en casta lo antes posible.

Y me queda Rivera, que me parece que se ha equivocado de país proponiendo pactos y acuerdos cuando lo que aquí se lleva es el cainismo nacional, el pues tu más, el que no está conmigo está contra mí, el todo blanco o todo negro que hace perder la variada gama de grises que enriquece otras políticas como la italiana o la portuguesa. El Hemingway de Fiesta y de Por quién doblan las campanas es quién mejor nos entendió y por eso Rivera debe dejarse de gaitas, coger el toro por los cuernos y pedirles otro país a los Reyes Magos. Sin rodeos.

En lo que no deja de ser un acto de fe por mi parte, quiero pensar que del parto de hoy saldrá un gobierno... que en el mejor de los casos será contrahecho y sin largas expectativas de vida aunque quizás capaz de abordar algunas reformas muy necesarias. Pero no seamos pesimistas, como me decía aquel amigo que se casaba en terceras nupcias, «ésta vez es la de la esperanza sobre la experiencia».
Y si los ingleses no nos quieren... pues ellos se lo pierden.

*Jorge Dezcállar es exembajador de España en EEUU

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