Subjetividad y libertad

Nota sobre el tiempo

03.07.2016 | 01:02

El tiempo. No. Más bien, un tiempo, que es ése de la vida de uno. Aparece ante la mente de la mayoría de los humanos como preestablecido, como acotado de antemano. Véanse los mitos y las religiones.

Pero los que así lo piensan ¿se preguntan acaso por la instancia acotadora? Se suelen cometer esos errores muy a menudo.
Solemos hablar del mundo exterior –desde el clima hasta los acontecimientos que hacen noticia– como si alguien o algo tuviera una posibilidad de modelar estos eventos antes de que acontezcan. Craso error.

Otro día hablamos en este mismo espacio acerca del «presente» con la convicción de que no se trata de otra cosa que no sea un paso; un paso hacia el recuerdo, hacia el pasado, hacia la historia. El hecho es que vivimos en el tiempo, lo que quiere decir que algo independiente de nuestra voluntad está causando un cambio constante e inevitable en nuestro medio ambiente. Este algo son las propiedades físicas de la materia, cuyos elementos, grandes o pequeños, se desplazan incesantemente unos respecto de otros.

Los físicos lo expresan mediante un lenguaje matemático; no obstante, también se puede y se debe poder decirlo con el lenguaje común, lo que intentamos aquí.

Empezamos esta meditación proyectando el tiempo sobre una vida, por lo tanto, relativizándolo en función de nuestra subjetividad, que, a su vez, se entreteje con el tiempo.

Subjetividad y tiempo inciden en el espacio de la libertad. Y aquí es donde nace el problema, porque la libertad es el atributo de la «inteligencia sensible o sensibilidad inteligente» –Zubiri–, que equivale a decir que su carácter es absoluto y todas las historias individuales y colectivas son las crónicas de la tensión entre la alegría de sentirnos libres y el asombro de lo que la libertad significa en su manifestación cotidiana.

En cuanto a la libertad, aceptamos la nuestra y negamos la del otro, empezando por el complejo familiar de mayores y menores y terminando por los códigos penales.

Se impone la necesidad del compromiso y todo compromiso desemboca en la moral, y mientras la moral constriñe, la ética, que asoma las narices desde la inteligencia, libera.

Uno tiene su tiempo para vivir y responde del buen o mal uso de este tiempo sólo ante sí mismo y sólo hasta su muerte, porque la muerte borra todas las responsabilidades.

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