Las siete esquinas

Pucherazo

03.07.2016 | 05:00

Si alguien sostiene que ha habido un fraude electoral en las últimas elecciones –como han hecho muchos seguidores de Podemos– es que no está bien de la cabeza o no sabe en qué mundo vive. Cualquiera que haya estado en una mesa electoral sabe lo difícil que es manipular los votos o alterar las cifras del recuento. Los votos se cuentan una y otra vez ante la supervisión de los interventores (que son de todos los partidos, incluido Podemos), y si hay la menor duda, el recuento se vuelve a hacer todas las veces que haga falta. En unas elecciones generales, cuando también hay que contar los votos al Senado, el recuento es largo y tedioso y lleva una o dos horas, dependiendo de los colegios, lo que exige una gran entrega por parte de los componentes de la mesa electoral (que llevan ya ocho horas a cuestas, retribuidas con la módica cantidad de 50 euros, y ya están mareados y agotados). Pero el recuento se hace y los resultados se apuntan en el acta, que a su vez se mete en un sobre lacrado. No presumir de muchas cosas, pero al menos la normativa electoral que tenemos en España es muy buena y funciona muy bien. Y hasta ahora, nadie había levantado la sospecha de un posible pucherazo electoral.

Puede ser que tengamos ministros del Interior muy poco escrupulosos –o decididamente tontos–, pero el proceso electoral está a salvo de toda sospecha. Cualquiera que haya estado en una mesa electoral –yo estuve en una– sabe que es imposible cambiar los resultados. Es posible que haya fraudes mínimos en las localidades muy pequeñas donde los partidos políticos no pueden presentar interventores, pero esos fraudes –si los hay– sólo podrían afectar a un porcentaje mínimo de votos (no más de mil o dos mil, me permito calcular). Y aun así, creo que esta posibilidad es bastante remota porque los propios miembros de las mesas impedirían el fraude. Y desde luego, lo que es evidente es que hacer desaparecer sin más un millón y pico de votos –como insinúan los partidarios indignados de Podemos– es un hecho imposible con nuestro sistema electoral. No vivimos en Bielorrusia. No vivimos en Zimbabwe. No vivimos en Turkmenistán, aunque haya mucha gente empeñada en creer que es así.

Los que insinúan la posibilidad de un pucherazo llevan años repitiendo que la Transición es una farsa, que la democracia representativa es una farsa, que la Unión Europea es una farsa, que la clase política es una farsa, que la justicia es una farsa y que la economía capitalista es una farsa. Todo, en realidad, es una farsa: las élites, los deberes escolares, las cuentas públicas, el pensamiento abstracto, la ciencia, el fútbol, los antibióticos, las semillas transgénicas, todo. Sólo la gente, o el pueblo (da igual cómo lo llamen), está en posesión de la verdad porque ha sido engañado y esquilmado y pisoteado. Y además, la gente está muy bien dirigida por los líderes que nunca se equivocan y por los activistas que controlan las redes sociales. Así que la gente es la única que sabe, claro está. Pero ahora resulta que el electorado –o ese monstruo platónico que ellos llaman la «gente»– ha dado a Unidos Podemos cinco millones de votos –que ya son votos–, y aun así, sus líderes y muchos militantes se indignan porque esos resultados no les van a permitir gobernar. Y la conclusión es que ha habido un fraude, un robo de votos. Por supuesto que no lo dicen en un juzgado, claro está, pero es una idea que difunden por las redes sociales, junto con una catarata de insultos contra los tontos y los idiotas que no han votado lo que ellos querían, con el objetivo de inducir a la sospecha y aumentar el desprestigio de nuestras instituciones. Ha habido un pucherazo. Qué escándalo.

Me pregunto si esta visión conspiranoica de la vida –y de la política– no será la causa del descrédito de esa izquierda que es muy buena para protestar y para hacer campañas publicitarias, pero que parece incapaz de saber gobernar con un mínimo de realismo. Los dirigentes de Podemos hablan también de miedo, del miedo irracional que se extendió entre la población ante su posible victoria y que indujo a mucha gente a votar en masa contra ellos o a quedarse en su casa. Pues sí, claro que sí: hubo miedo a la visión conspiranoica de la vida, hubo miedo a las mentiras, hubo miedo a la ineficiencia, hubo miedo al autoritarismo. Y ese miedo fue mucho más poderoso que el hartazgo por la corrupción o el enfado contra la crisis. Y bien que lo siento.

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