La levedad de España

04.07.2016 | 05:00

Dónde está la España del CIS, esa que dice que le importa menos el pan que la corrupción. Huyendo, suponemos, a lomos de una sola consonante, con su caballo Babieca. Campeando a la pachorra, sin alterarse más a efectos prácticos que el tiempo en el que dura la digestión del carajillo y de los mass media. Lo peor del escándalo de Fernández Díaz y de la inopia posterior de Rajoy no es que no haya sido limpiado ni depurado en las urnas ni en los juzgados, sino que, entre otras cosas, era algo que todos en el fondo ya sabíamos y que no hace más que ampliar la forja de la España negra. Una de las lecturas de fondo de estos comicios, con independencia de la victoria inapelable del PP, es que un caso tan sumamente grave no haya tenido la más mínima influencia. Este país ya ido con la corrupción hacia un paso más que la propia acción de corromperse; el hecho, inaudito en el resto de Europa, de que eso, además, no importe y que incluso se acepte como una consecuencia inevitable de estar vivo y vivir en democracia. Que un ministro pervierta a conciencia las instituciones del Estado, que a la torera y con la bula perpetua de la virgen de Fátima se ría abiertamente del principio de la separación de poderes no sólo en España es tolerado, sino que viaja de punta a punta del país con el estatus borroso de la anécdota. Horas después de que el contenido de las famosas escuchas se dieran a conocer en el diario Público España metía la cabeza en el balón y se paseaba como si tal cosa, empezando por su máximo representante y presunto instigador en la sombra, el mismo Rajoy, que se justificaba en la tele con todo tipo de relativismos y de chanzas. Es significativo que, mientras que el presidente reaccionaba por estos pagos hablando con peluches, en el resto de Europa el asunto fuera motivo de portada, incluida en la trigueña y ensimismada Islandia, que entendió que lo más solemne y gravoso del día pasaba por el gol de su selección, el Brexit y la policía patriótica de España. Rajoy ha ganado las elecciones; eso es indudable, por más que algunos se solacen buscando alegatos detectivescos y sediciosas tramas de pucherazo. Pero eso no debería convertirse en un salvoconducto para enterrar una trapacería estatal de semejantes proporciones. El presidente, como siempre, llega tarde. Y España también, pero la seriedad, aunque sólo sea formal, y el respeto a la democracia exigen que comparezca y que de explicaciones. Imaginen a Cameron, a Merkel, a Obama pasándose su Watergate por la grímpola afilada del Senado. Y más con un pasado maximalista y maquiavélico tan reciente como el de los GAL, en el que algunos entendieron que la defensa de sus intereses lo amparaba todo: incluso hacer lo contrario de lo que define los mínimos de los fundamentos de las democracias. No hay revanchismo aquí, señor Rajoy, no hay una España frustrada por lo que ha votado la otra, sino una exigencia de ejemplaridad, de decoro político y ético. Este país no puede seguir siendo la excepción, el agujero pícaro y destartalado, el que se resigna a que nada funcione.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
Crea tu propio Blog
Enlaces recomendados: Premios Cine